Web           realizada por: Javier Tato Arca sobre textos de Francisco Rozados           "Rochi". Fotografías de "Xoque" Carvajal,           Federico de la Peña, Manuel Barreiro e "Rochi".

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Tierra de Montes

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Ponte románica de Andón, do século XV

 

 

 

 

 

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Igrexa parroquial de Millerada, das máis fermosas de Terra de Montes

 

 

 

 

 

Peto de ánimas de Pedre, en Cerdedo

 

 

 

 

 

 

Ponte de Ricobanca, en Beariz

 

 

 

 

 

Ponte románica de San Antón, en Cerdedo

 

 

 

 

 

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Feira ó pé do mosteiro de Aciveiro, no ano 1919

 

 

 

 

 

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Templo de San Martiño de Forcarei, do século XVIII

 

 

 

 

 

 

Casas tradicionais en Filgueira, Cerdedo

 

 

 

 

 

Inscrición fundacional no mosteiro de Aciveiro

 

 

 

 

 

Campanario da igrexa de Beraiz, obra do insigne Cerviño

 

ARTE Y TRADICIÓN :

 EL MONASTERIO DE ACIBEIRO Y LOS OFICIOS TRADICIONALES

 

            Si existe un hito aglutinador y creador de vida en los ámbitos social, cultural y económico en la Tierra de Montes a lo largo de siete siglos, es el monasterio de Acibeiro, verdadera joya del románico tardío, generador de los más diversos oficios artesanos y matriz de un Colegio de Teología Moral, en la primera mitad del siglo XV.

            En la inscripción que hoy podemos leer en la pared sur del templo cenobial (no era ésa su original ubicación) se atestigua la fecha de su fundación: “Era millesima centesima septuagesima tercia quarto nonas Februarii factum est. In primo duodecim fratres venerunt in hoc loco nobilisimo ipse tenens centum sex monachi sub regula Santi Benedicti” que, vertida al castellano, dice : Era de 1173: en el año 1135 se hizo (el monasterio) el 2 (Rodríguez Fraiz apunta equivocadamente el 4) de febrero. En un principio llegaron a este nobilísimo lugar doce hermanos. Tiene (en la actualidad) 106 monjes bajo la regla de San Benito.

            El conjunto, que a partir del presente año (2000) incluirá en el ala este una Posada de Turismo Rural, no data en su totalidad del siglo XII. De planta basilical, el templo es lo único que resta de la primigenia arquitectura románica, salvo la fachada, que sería erguida en el siglo XVIII en el estilo barroco popular que practicaban a la sazón nuestros maestros canteros y que remata en un piñón con cruz. Sobre la austera portada, que contó hasta la primera mitad de siglo XX con un porche, se yergue un frontón triangular con pináculos en los extremos, coronado por una estatuilla de la Virgen sobre la que se abre una ventana arqueada. Esta sobriedad se ve apoyada por otras dos solitarias ventanas cuadradas que sirven para dar luz a las naves laterales. Sobre la fachada se eleva un campanario espadañado con dos cuerpos, el inferior, que alberga las campanas bajo sendos arcos peraltados, y el superior, con un solo arco similar a los dos inferiores.

            El interior refleja con total fidelidad la escuela compostelana, a la que imita en los pilares, en la distribución de las naves e incluso en el triforio, que aquí, por la ausencia de tribuna, es meramente ornamental, caso que se da en rarísimas ocasiones en la tipología cisterciense gallega (sólo comparte esa característica distintiva con otros dos ejemplos: Santa Mariña de Augasantas y Santa María de Xunqueira de Ambía, ambas del románico ourensano). Los capiteles son variadísimos y de labra admirable. Las naves carecen de bóveda, y el armazón de la techumbre, de madera, se apoya sobre el falso triforio. Se pueden contemplar en el interior, además de las distintas capillas, dos sepulcros de piedra que, según los distintos expertos, se atribuirían a don Pedro Martínez, de la Casa de Sotomayor, a San Gonzalo das Penas o al primer abad, posiblemente llegado de Claraval, Pedro.

            Un anterior retablo, construido en el siglo XIV, fue reemplazado por el actual, con tres cuerpos de recargada ornamentación, que se atribuye a Miguel de Romay, autor también del retablo de San Martín Pinario.

            Cubren las capillas interiores bien trabajadas bóvedas, la central de intrincada nervadura y con hermosos rosetones en los cruces. Pero donde la estética alcanza mayores cotas es en la vista exterior del ábside, donde se yerguen dos cuerpos semicirculares a los lados y el central hexagonal, como en la iglesia coruñesa de Santiago de Mens. Los laterales tienen dos óculos y dos ventanas, y el central despliega elegantes arcos de medio punto, tres ciegos, coronados todos con moldura ajedrezada. Son sostenidos por esbeltas columnillas cilíndricas rematadas en finos capiteles de labra prodigiosa. La cornisa ofrece unos originales modillones decorados con taqueado jaqués. Todo el conjunto absidial esta creado en el estilo románico-bizantino propio de la época.

            En el lado que da al norte es digna de admiración por su trabajo una puerta tapiada desde hace muchos años, con ornamentación en las tres fajas que la componen (alternando motivos ajedrezados, rosetones y óvalos encandenados), apoyadas en toscas jambas, una de ellas salomónica, y con capiteles un tanto arcaicos si se comparan con algunos de los que se pueden admirar en el interior.

            El recinto cenobial, con la estructura totalmente fiel a las pautas cistercienses (en torno a un claustro se distribuyen las distintas dependencias: cocina, refectorio, scriptorium, sala capitular, celdas de los monjes, caballerizas), está siendo rehabilitado en la actualidad.

            Aparte del hermoso y original románico que nos ha legado, es necesario agradecer al monasterio su signo seminal de cara a los nuevos oficios que, con el tiempo, fueron cobrando vida en las gentes de Montes. El rey de los oficios en la comarca es el de la piedra. Los canteros de Montes, de merecido renombre, también han dejado profunda y duradera huella no sólo en sus casas, hórreos, palomares, cruceros, puentes, molinos y ermitas. También recorrieron e impregnaron de buen hacer artesano tierras ajenas, incluso allende el mar. Además del autohomenaje que supone cada una de las piedras de las viejas aldeas dos son, por encima de todas, las muestras de pleitesía que la Tierra de Montes ha tenido para este gremio de pequeños demiurgos de cruceros y puentes. Una está representada en el monumento al Cantero sito en la plaza de Cerdedo, obra del escultor Enrique Velasco y la Escuela de Canteros de Poio, y promovida por la “Asociación de Amigos da Terra de Montes”.

            Los oficios artesanos tuvieron tal trascendencia que no se entendería la vida sin ellos. En el Catastro del Marqués de la Ensenada, del año 1752, podemos observar la representativa variedad: 772 canteros, 290 carpinteros, 122 tejedores, 122 “borreiros” (arrieros y fabricantes de cera), 95 arrieros de vino, 94 sastres, 41 herreros, 58 costureras, 61 carboneros. Había además bataneros, cardadoras de lino, cereros, cesteros, herradores, gaiteros, molineros, panaderos, plateros, torneros, zapateros y un sinfín de ocupaciones perdidas en la era esclava del reloj y de la tecnología. Podemos, eso sí, disfrutar de sus inmortales obras, porque cada molino, cada hórreo, cada crucero o peto de ánimas, incluso cada bufarda (tragaluz), son obras maestras de paciencia, buen hacer y sabiduría secular.

            Don Antonio Fraguas Fraguas decía en el prólogo de la obra dedicada a los canteros y artistas que “La obra de don Antonio Rodríguez Fraiz, constituye la magistral demostración de la óptima categoría de un oficio que, realmente, es bien digno de ella”. Algunos de los artesanos a los que el libro está consagrado son el maestro cantero Pedro de Arén, nacido en Cerdedo en el siglo XVII, que habría de ser el artífice de la obra que reformaría la fábrica de la iglesia y coros del convento compostelano de Santa Clara, así como la “Torre dos Sinos” de la Catedral de Ourense; Virxilio Blanco, nacido en Presqueiras (Forcarei) en 1896, que destacaría como uno de los mejores pintores de la vanguardia de principios de siglo; Xosé Bugallo, nacido en Pardesoa en la mitad del siglo XVIII, autor de la portada de la iglesia de Quintanilla de Somoza (Astorga); el inmortal Avelino Cachafeiro, poeta, pintor y, sobre todo, el mejor gaitero de Galicia, en arrebatada crónica del patriarca Castelao; Manuel Doval Cadavid, autor de la espléndida imagen del Corazón de María que se puede ver en el exterior de la iglesia de Millerada entre sendas columnas salomónicas de virtuosa talla; Antonio Ferreiro, nacido en Quireza (Cerdedo) a mediados del XIX, autor de los cruceros de Acibeiro y Forcarei; Xoán de la Fuente, nacido en el primer tercio del siglo XVI, en Acibeiro, que trabajaría en el Claustro de las Procesiones del monasterio y también en la reedificación de la Torre de los Jueces-merinos, ya en Soutelo (en el año 1602); Xosé Nieto, el maestro arquitecto que diseñó la iglesia de San Xoán Bautista de Cerdedo; Xosé Rivas, maestro de cantería nacido en Lebozán (Beariz) en los primeros años del XIX, coautor con Pedro Vázquez de la espadaña de la iglesia de San Román del Valle (Astorga) en 1850; Xosé Barreiro, cerero y “borreiro” que llegaría a poseer el más significativo taller de cera de Tierra de Montes, en Dúas Igrexas; Xosé Barreiro Gómez, el pintor, hoy cotizadísimo, nacido en Loureiro; Diego de Cana, el primer gaitero del que tenemos noticia en Tierra de Montes, nacido en el primer tercio del siglo XVI; Xosé Couceiro Blanco, cantero que murió trabajando en las obras de restauración de la Catedral de León, y muchos otros, dignos también de ser recordados, que en palabras de su jerga, el “verbo” o “latín de los canteros”, podrían ser definidos como “muriadores de xideces que xarecen muriadas por Queicoa” – autores de maravillas que parecen hechas por Dios – . El elegante equilibrio que unía los frutos de estos artistas a una naturaleza fértil como la de Montes también está presente en la belleza y musicalidad de esta jerga que pierde sus orígenes en la época en que comenzaban a vertebrarse los distintos gremios, y que ha sido producto de una exhaustiva investigación del inquieto cura Feliciano Trigo Díaz, plasmada en 1993 en un imprescindible libro-diccionario titulado “O Verbo dos Arginas de Avedra”, en el que se recogen algunas cantigas salaces que se prodigaban entre los canteros de la zona:

 

Esta raula no escaino                        Caloeriña das bouzas

                        ha de haber o verbo xido                 caloeriña das bouzas

                        patanachas con jumetes                       esta raula llasto allezos

                        e mais o verbo do kilo                 abismarche a bacharouza

 

                          O barroi llasteu á bacha                O purrio e mais a purria

                        axando jandir jumetes                        oretan de fris ajirra

                        encaturrou a xabouca                      porque lle llasten os zuros

                        e aniscouse nos calquetes                    o patelas e o argina.

 

            O la tan popular Verbo xido miña purria / que intervas por areona / heiche de aniscar os zuros / e mais rosmarche a morrona, que fue introducida en una canción del pionero grupo folk “Fuxan os Ventos” en el año 1981. El verbo es, con toda seguridad, la jerga o dialecto más desconocido, puesto que, cuando se usaba era críptico y hermético para la mayoría, y hoy está a punto de desaparecer, arrinconado en la memoria de los viejos canteros que aún viven.

            Pero tampoco podemos olvidar la obra de los “arxinas” en su propia tierra, en la casa popular y en las construcciones anexas. Las originales viviendas de Montes, maltratadas por el tiempo, y también por la modernidad, como nos hace ver, en el estudio “Etnoarqueología de los abandonos en Galicia. El papel de la cultura material en una sociedad agraria en crisis” el novel arqueólogo soutelano Alfredo González Ruibal, son notablemente representativas de la tipología de muros de mampostería de piedra de grano y de pizarra esquistosa de manera concertada (se pueden ver significativos ejemplos en Noveliza (Acibeiro) y en Serrapio (Cerdedo). En toda la comarca, el remate de los muros con la cubierta, que acostumbra a ser a dos aguas, se conoce con el nombre de pinche o muro piñón. Los remates son toscos y no suelen llevar piezas de cantería para reforzar los encuentros con los muros, sino unas losas grandes de piedra (las carpias o capias) a modo de enlace de la cubierta con los muros piñones. Éstos son en general de mampostería vista, encintada o no, teniendo algunas excepciones en lugares como A Ponte (Forcarei). Una de las modalidades de ventana menos conocida comúnmente, pero que en la Tierra de Montes aparece en bastantes ocasiones es el ventanuco circular formado por dos piezas de cantería de piedra de grano, que se ubica con frecuencia en los muros de las escaleras para proporcionarles luz. Su tamaño supera el de los tragaluces o bufardas (las pequeñas y características ventanas que aseguraban la ventilación de los establos, que en algunos casos son obras maestras del arte de la labra en piedra).

            Las puertas de las viviendas sustituyen en la mayoría de los casos el antepecho por una losa de piedra colocada más alta que el nivel del suelo para evitar la entrada de agua en las viviendas, y en la parte superior la pieza denominada “lumieira” está compuesta por una sola piedra de grano que en ocasiones lleva guardapolvos. En las puertas del carro, la “lumieira” debía tener una luz más amplia, y la solución más socorrida era la sustitución por una viga de madera o bien la adopción de un pequeño arco de descarga.

            En cuanto a las cubiertas, las utilizadas generalmente eran las de teja o pizarra en la vivienda, y las de pizarra en los hornos y molinos, aunque no resulta raro ver en estos últimos algún techo de losa de piedra de grano, como es el caso del molino que se encuentra al pié del puente de Ricobanca (Beariz).

            Entre los elementos constructivos interiores es preciso destacar las divisiones horizontales, las verticales, el lar y la cocina, unidos, y los establos. Acostumbraban a construirse los elementos divisorios horizontales, los que separan y soportan las cargas de las plantas superiores, de madera de pino, roble o castaño. Los verticales comenzaron siendo simples entablados prácticamente sin evolución desde la Edad Media, y acabaron por incorporar el ladrillo paulatinamente a partir de la mitad de siglo.

            La cocina y el lar constituían el núcleo, la parte vital de la vivienda, donde tenían lugar todos los actos, cotidianos o extraordinarios, que desarrollaba la familia, y aún hoy prevalece su condición de relevante símbolo de la hospitalidad del paisanaje.

             Los establos resultaban tan básicos en la economía agraria que en muchísimos casos ocupaban más espacio que el resto de la vivienda. Sólo se ventilaban por medio de las bufardas y ventanucos.

            Los hornos de cocer el pan también era piezas básicas en la vivienda tradicional, y podían ser, al igual que los molinos, de propiedad comunal o particular (lo usual era el segundo caso en Montes). Solían ser de granito o pizarra, integrados y sobresaliendo en la planta baja, al lado del lar. En Grobas (Forcarei), sin embargo, aún se puede ver un horno exento, con una estancia exclusiva para el, a un lado del pajar, como muestra la ilustración de Ramiro Barros Justo.

            Entre las denominadas construcciones adjetivas eran las más próximas el pajar y el hórreo. La disposición de éstos separa en dos zonas la comarca: mientras en el norte (Forcarei), la fórmula imperante es la de los hórreos vinculados a las viviendas, en el centro y sur (Cerdedo y Beariz) se presenta una tendencia al agrupamiento en eras comunales, como es el caso de la “Eira da Hermida de Filgueira” y la “Eira Grande de Pedre”, en Cerdedo, o las de Magros y Muradás, en Beariz. La tipología es generalmente mixta, de piedra y madera, pero existen casos de construcciones únicamente en madera (el último hórreo de estas características en Montes – se cree que esta tipología pudo ser introducida por los suevos – se ubica en la era próxima a la Torre de Alarma da Barciela (Castrelo), a punto de desaparecer, como ya le ocurriera en el año 1997 al último de los “cabaceiros” - primitivo hórreo de planta redonda con cámara de cestería- que había en Tierra de Montes, en el lugar de Cotiño (Acibeiro), reproducido fielmente en otra de las ilustraciones de Ramiro Barros Justo. La disposición de las piedras de la base de este desaparecido ejemplar provenía, según este autor, de la disposición que solían practicar los moradores de los castros). También existen, sin ser lo más frecuente, casos de construcciones íntegramente en piedra, de las que conservamos un gráfico ejemplo en el hórreo de Ricobanca (Beariz).

              Es abundante la existencia en Montes de otras construcciones tradicionales como albarizas, alpendres, cabañas, fuentes, pozos, “regas”, lavaderos y molinos. En relación con los oficios tradicionales sería precisa una fuerte labor de recuperación, tal y como está haciendo en el presente año (2000) la Escuela-taller “Terra de Montes”, ubicada en el monasterio de Acibeiro, porque en la actualidad sólo podemos detectar la presencia activa de una “coroceira” en Doade (Beariz), que aún hace por encargo “corozas” y “carapuchos”, y una cerería en Casanova (Forcarei), con lagar tradicional del siglo XVII, como último testimonio de una tierra que fue llamada a lo largo de siglos la “Borreira”, por la actividad predominante de los “borreiros” (arrieros de cera). Recordemos que en el año 1752, en la parroquia de Dúas Igrexas (Forcarei), 119 de sus vecinos eran “borreiros” o traficantes y elaboradores de la cera. Este proceso lo describía Antón Alonso Ríos, diputado agrario y galleguista, en su cariz de “refugiado” en Forcarei en el transcurso de la Guerra Civil. En su libro “O Siñor Afranio”, que relata magistralmente como sobrevivió a la persecución de la Falange amparándose en la falsa personalidad de un mendigo portugués, revive la concurrencia de los “borreiros”, después de “recolleren as colmeas das albarizas e dos lagares as entenas das que se tiña tirado o mel, co gallo de derretelas, prensalas e facer a cera virxe”. Era éste otro de los oficios que había surgido a la sombra del monasterio, incontestable propulsor también de la actividad comercial a través de la implantación de una red de ferias y mercados, como demostró hasta la mitad de siglo la pujanza de las de Doade, Soutelo, Fondós o Acibeiro.

 

 

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