Ponte románica de Andón, do
século XV

Igrexa parroquial de Millerada,
das máis fermosas de Terra de Montes

Peto de ánimas de Pedre, en
Cerdedo

Ponte de Ricobanca, en Beariz

Ponte románica de San Antón,
en Cerdedo

Feira ó pé do mosteiro de
Aciveiro, no ano 1919

Templo de San Martiño de
Forcarei, do século XVIII

Casas tradicionais en Filgueira,
Cerdedo

Inscrición fundacional no
mosteiro de Aciveiro

Campanario da igrexa de Beraiz,
obra do insigne Cerviño
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ARTE
Y TRADICIÓN
:
EL MONASTERIO DE ACIBEIRO Y LOS OFICIOS TRADICIONALES
Si existe un hito aglutinador y creador de vida en los ámbitos
social, cultural y económico en la Tierra de Montes a lo largo de siete
siglos, es el monasterio de Acibeiro, verdadera joya del románico tardío,
generador de los más diversos oficios artesanos y matriz de un Colegio
de Teología Moral, en la primera mitad del siglo XV.
En la inscripción que hoy podemos leer en la pared sur del
templo cenobial (no era ésa su original ubicación) se atestigua la
fecha de su fundación: “Era millesima centesima septuagesima tercia
quarto nonas Februarii factum est. In primo duodecim fratres venerunt in
hoc loco nobilisimo ipse tenens centum sex monachi sub regula Santi
Benedicti” que, vertida al castellano, dice : Era de 1173: en el año
1135 se hizo (el monasterio) el 2 (Rodríguez Fraiz apunta
equivocadamente el 4) de febrero. En un principio llegaron a este nobilísimo
lugar doce hermanos. Tiene (en la actualidad) 106 monjes bajo la regla
de San Benito.
El conjunto, que a partir del presente año (2000) incluirá en
el ala este una Posada de Turismo Rural, no data en su totalidad del
siglo XII. De planta basilical, el templo es lo único que resta de la
primigenia arquitectura románica, salvo la fachada, que sería erguida
en el siglo XVIII en el estilo barroco popular que practicaban a la sazón
nuestros maestros canteros y que remata en un piñón con cruz. Sobre la
austera portada, que contó hasta la primera mitad de siglo XX con un
porche, se yergue un frontón triangular con pináculos en los extremos,
coronado por una estatuilla de la Virgen sobre la que se abre una
ventana arqueada. Esta sobriedad se ve apoyada por otras dos solitarias
ventanas cuadradas que sirven para dar luz a las naves laterales. Sobre
la fachada se eleva un campanario espadañado con dos cuerpos, el
inferior, que alberga las campanas bajo sendos arcos peraltados, y el
superior, con un solo arco similar a los dos inferiores.
El interior refleja con total fidelidad la escuela compostelana,
a la que imita en los pilares, en la distribución de las naves e
incluso en el triforio, que aquí, por la ausencia de tribuna, es
meramente ornamental, caso que se da en rarísimas ocasiones en la
tipología cisterciense gallega (sólo comparte esa característica
distintiva con otros dos ejemplos: Santa Mariña de Augasantas y Santa
María de Xunqueira de Ambía, ambas del románico ourensano). Los
capiteles son variadísimos y de labra admirable. Las naves carecen de bóveda,
y el armazón de la techumbre, de madera, se apoya sobre el falso
triforio. Se pueden contemplar en el interior, además de las distintas
capillas, dos sepulcros de piedra que, según los distintos expertos, se
atribuirían a don Pedro Martínez, de la Casa de Sotomayor, a San
Gonzalo das Penas o al primer abad, posiblemente llegado de Claraval,
Pedro.
Un anterior retablo, construido en el siglo XIV, fue reemplazado
por el actual, con tres cuerpos de recargada ornamentación, que se
atribuye a Miguel de Romay, autor también del retablo de San Martín
Pinario.
Cubren las capillas interiores bien trabajadas bóvedas, la
central de intrincada nervadura y con hermosos rosetones en los cruces.
Pero donde la estética alcanza mayores cotas es en la vista exterior
del ábside, donde se yerguen dos cuerpos semicirculares a los lados y
el central hexagonal, como en la iglesia coruñesa de Santiago de Mens.
Los laterales tienen dos óculos y dos ventanas, y el central despliega
elegantes arcos de medio punto, tres ciegos, coronados todos con moldura
ajedrezada. Son sostenidos por esbeltas columnillas cilíndricas
rematadas en finos capiteles de labra prodigiosa. La cornisa ofrece unos
originales modillones decorados con taqueado jaqués. Todo el conjunto
absidial esta creado en el estilo románico-bizantino propio de la época.
En el lado que da al norte es digna de admiración por su trabajo
una puerta tapiada desde hace muchos años, con ornamentación en las
tres fajas que la componen (alternando motivos ajedrezados, rosetones y
óvalos encandenados), apoyadas en toscas jambas, una de ellas salomónica,
y con capiteles un tanto arcaicos si se comparan con algunos de los que
se pueden admirar en el interior.
El recinto cenobial, con la estructura totalmente fiel a las
pautas cistercienses (en torno a un claustro se distribuyen las
distintas dependencias: cocina, refectorio, scriptorium, sala capitular,
celdas de los monjes, caballerizas), está siendo rehabilitado en la
actualidad.
Aparte del hermoso y original románico que nos ha legado, es
necesario agradecer al monasterio su signo seminal de cara a los nuevos
oficios que, con el tiempo, fueron cobrando vida en las gentes de
Montes. El rey de los oficios en la comarca es el de la piedra. Los
canteros de Montes, de merecido renombre, también han dejado profunda y
duradera huella no sólo en sus casas, hórreos, palomares, cruceros,
puentes, molinos y ermitas. También recorrieron e impregnaron de buen
hacer artesano tierras ajenas, incluso allende el mar. Además del
autohomenaje que supone cada una de las piedras de las viejas aldeas dos
son, por encima de todas, las muestras de pleitesía que la Tierra de
Montes ha tenido para este gremio de pequeños demiurgos de cruceros y
puentes. Una está representada en el monumento al Cantero sito en la
plaza de Cerdedo, obra del escultor Enrique Velasco y la Escuela de
Canteros de Poio, y promovida por la “Asociación de Amigos da Terra
de Montes”.
Los oficios artesanos tuvieron tal trascendencia que no se
entendería la vida sin ellos. En el Catastro del Marqués de la
Ensenada, del año 1752, podemos observar la representativa variedad:
772 canteros, 290 carpinteros, 122 tejedores, 122 “borreiros”
(arrieros y fabricantes de cera), 95 arrieros de vino, 94 sastres, 41
herreros, 58 costureras, 61 carboneros. Había además bataneros,
cardadoras de lino, cereros, cesteros, herradores, gaiteros, molineros,
panaderos, plateros, torneros, zapateros y un sinfín de ocupaciones
perdidas en la era esclava del reloj y de la tecnología. Podemos, eso sí,
disfrutar de sus inmortales obras, porque cada molino, cada hórreo,
cada crucero o peto de ánimas, incluso cada bufarda (tragaluz), son
obras maestras de paciencia, buen hacer y sabiduría secular.
Don Antonio Fraguas Fraguas decía en el prólogo de la obra
dedicada a los canteros y artistas que “La
obra de don Antonio Rodríguez Fraiz, constituye la magistral demostración
de la óptima categoría de un oficio que, realmente, es bien digno de
ella”. Algunos de los artesanos a los que el libro está
consagrado son el maestro cantero Pedro de Arén, nacido en Cerdedo en
el siglo XVII, que habría de ser el artífice de la obra que reformaría
la fábrica de la iglesia y coros del convento compostelano de Santa
Clara, así como la “Torre dos Sinos” de la Catedral de Ourense;
Virxilio Blanco, nacido en Presqueiras (Forcarei) en 1896, que destacaría
como uno de los mejores pintores de la vanguardia de principios de
siglo; Xosé Bugallo, nacido en Pardesoa en la mitad del siglo XVIII,
autor de la portada de la iglesia de Quintanilla de Somoza (Astorga); el
inmortal Avelino Cachafeiro, poeta, pintor y, sobre todo, el mejor
gaitero de Galicia, en arrebatada crónica del patriarca Castelao;
Manuel Doval Cadavid, autor de la espléndida imagen del Corazón de María
que se puede ver en el exterior de la iglesia de Millerada entre sendas
columnas salomónicas de virtuosa talla; Antonio Ferreiro, nacido en
Quireza (Cerdedo) a mediados del XIX, autor de los cruceros de Acibeiro
y Forcarei; Xoán de la Fuente, nacido en el primer tercio del siglo
XVI, en Acibeiro, que trabajaría en el Claustro de las Procesiones del
monasterio y también en la reedificación de la Torre de los
Jueces-merinos, ya en Soutelo (en el año 1602); Xosé Nieto, el maestro
arquitecto que diseñó la iglesia de San Xoán Bautista de Cerdedo; Xosé
Rivas, maestro de cantería nacido en Lebozán (Beariz) en los primeros
años del XIX, coautor con Pedro Vázquez de la espadaña de la iglesia
de San Román del Valle (Astorga) en 1850; Xosé Barreiro, cerero y
“borreiro” que llegaría a poseer el más significativo taller de
cera de Tierra de Montes, en Dúas Igrexas; Xosé Barreiro Gómez, el
pintor, hoy cotizadísimo, nacido en Loureiro; Diego de Cana, el primer
gaitero del que tenemos noticia en Tierra de Montes, nacido en el primer
tercio del siglo XVI; Xosé Couceiro Blanco, cantero que murió
trabajando en las obras de restauración de la Catedral de León, y
muchos otros, dignos también de ser recordados, que en palabras de su
jerga, el “verbo” o “latín de los canteros”, podrían ser
definidos como “muriadores de xideces que xarecen muriadas por Queicoa” –
autores de maravillas que parecen hechas por Dios – . El elegante
equilibrio que unía los frutos de estos artistas a una naturaleza fértil
como la de Montes también está presente en la belleza y musicalidad de
esta jerga que pierde sus orígenes en la época en que comenzaban a
vertebrarse los distintos gremios, y que ha sido producto de una
exhaustiva investigación del inquieto cura Feliciano Trigo Díaz,
plasmada en 1993 en un imprescindible libro-diccionario titulado “O
Verbo dos Arginas de Avedra”, en el que se recogen algunas
cantigas salaces que se prodigaban entre los canteros de la zona:
Esta raula no
escaino
Caloeriña das bouzas
ha de haber o verbo xido
caloeriña das bouzas
patanachas con jumetes
esta raula llasto allezos
e mais o verbo do kilo
abismarche a bacharouza
O barroi llasteu á bacha
O purrio e mais a purria
axando jandir jumetes
oretan de fris ajirra
encaturrou a xabouca
porque lle llasten os zuros
e aniscouse nos calquetes
o patelas e o argina.
O la tan popular Verbo
xido miña purria / que intervas por areona / heiche de aniscar os zuros
/ e mais rosmarche a morrona, que fue introducida en una canción
del pionero grupo folk “Fuxan os Ventos” en el año 1981. El verbo
es, con toda seguridad, la jerga o dialecto más desconocido, puesto
que, cuando se usaba era críptico y hermético para la mayoría, y hoy
está a punto de desaparecer, arrinconado en la memoria de los viejos
canteros que aún viven.
Pero tampoco podemos olvidar la obra de los “arxinas” en su
propia tierra, en la casa popular y en las construcciones anexas. Las
originales viviendas de Montes, maltratadas por el tiempo, y también
por la modernidad, como nos hace ver, en el estudio “Etnoarqueología
de los abandonos en Galicia. El papel de la cultura material en una
sociedad agraria en crisis” el novel arqueólogo soutelano Alfredo
González Ruibal, son notablemente representativas de la tipología de
muros de mampostería de piedra de grano y de pizarra esquistosa de
manera concertada (se pueden ver significativos ejemplos en Noveliza (Acibeiro)
y en Serrapio (Cerdedo). En toda la comarca, el remate de los muros con
la cubierta, que acostumbra a ser a dos aguas, se conoce con el nombre
de pinche o muro piñón. Los remates son toscos y no suelen llevar
piezas de cantería para reforzar los encuentros con los muros, sino
unas losas grandes de piedra (las carpias o capias) a modo de enlace de
la cubierta con los muros piñones. Éstos son en general de mampostería
vista, encintada o no, teniendo algunas excepciones en lugares como A
Ponte (Forcarei). Una de las modalidades de ventana menos conocida comúnmente,
pero que en la Tierra de Montes aparece en bastantes ocasiones es el
ventanuco circular formado por dos piezas de cantería de piedra de
grano, que se ubica con frecuencia en los muros de las escaleras para
proporcionarles luz. Su tamaño supera el de los tragaluces o bufardas
(las pequeñas y características ventanas que aseguraban la ventilación
de los establos, que en algunos casos son obras maestras del arte de la
labra en piedra).
Las puertas de las viviendas sustituyen en la mayoría de los
casos el antepecho por una losa de piedra colocada más alta que el
nivel del suelo para evitar la entrada de agua en las viviendas, y en la
parte superior la pieza denominada “lumieira” está compuesta por
una sola piedra de grano que en ocasiones lleva guardapolvos. En las
puertas del carro, la “lumieira” debía tener una luz más amplia, y
la solución más socorrida era la sustitución por una viga de madera o
bien la adopción de un pequeño arco de descarga.
En cuanto a las cubiertas, las utilizadas generalmente eran las
de teja o pizarra en la vivienda, y las de pizarra en los hornos y
molinos, aunque no resulta raro ver en estos últimos algún techo de
losa de piedra de grano, como es el caso del molino que se encuentra al
pié del puente de Ricobanca (Beariz).
Entre los elementos constructivos interiores es preciso destacar
las divisiones horizontales, las verticales, el lar y la cocina, unidos,
y los establos. Acostumbraban a construirse los elementos divisorios
horizontales, los que separan y soportan las cargas de las plantas
superiores, de madera de pino, roble o castaño. Los verticales
comenzaron siendo simples entablados prácticamente sin evolución desde
la Edad Media, y acabaron por incorporar el ladrillo paulatinamente a
partir de la mitad de siglo.
La cocina y el lar constituían el núcleo, la parte vital de la
vivienda, donde tenían lugar todos los actos, cotidianos o
extraordinarios, que desarrollaba la familia, y aún hoy prevalece su
condición de relevante símbolo de la hospitalidad del paisanaje.
Los establos resultaban tan básicos en la economía agraria
que en muchísimos casos ocupaban más espacio que el resto de la
vivienda. Sólo se ventilaban por medio de las bufardas y ventanucos.
Los hornos de cocer el pan también era piezas básicas en la
vivienda tradicional, y podían ser, al igual que los molinos, de
propiedad comunal o particular (lo usual era el segundo caso en Montes).
Solían ser de granito o pizarra, integrados y sobresaliendo en la
planta baja, al lado del lar. En Grobas (Forcarei), sin embargo, aún se
puede ver un horno exento, con una estancia exclusiva para el, a un lado
del pajar, como muestra la ilustración de Ramiro Barros Justo.
Entre las denominadas construcciones adjetivas eran las más próximas
el pajar y el hórreo. La disposición de éstos separa en dos zonas la
comarca: mientras en el norte (Forcarei), la fórmula imperante es la de
los hórreos vinculados a las viviendas, en el centro y sur (Cerdedo y
Beariz) se presenta una tendencia al agrupamiento en eras comunales,
como es el caso de la “Eira da Hermida de Filgueira” y la “Eira
Grande de Pedre”, en Cerdedo, o las de Magros y Muradás, en Beariz.
La tipología es generalmente mixta, de piedra y madera, pero existen
casos de construcciones únicamente en madera (el último hórreo de
estas características en Montes – se cree que esta tipología pudo
ser introducida por los suevos – se ubica en la era próxima a la
Torre de Alarma da Barciela (Castrelo), a punto de desaparecer, como ya
le ocurriera en el año 1997 al último de los “cabaceiros” -
primitivo hórreo de planta redonda con cámara de cestería- que había
en Tierra de Montes, en el lugar de Cotiño (Acibeiro), reproducido
fielmente en otra de las ilustraciones de Ramiro Barros Justo. La
disposición de las piedras de la base de este desaparecido ejemplar
provenía, según este autor, de la disposición que solían practicar
los moradores de los castros). También existen, sin ser lo más
frecuente, casos de construcciones íntegramente en piedra, de las que
conservamos un gráfico ejemplo en el hórreo de Ricobanca (Beariz).
Es abundante la existencia en Montes de otras construcciones
tradicionales como albarizas, alpendres, cabañas, fuentes, pozos, “regas”,
lavaderos y molinos. En relación con los oficios tradicionales sería
precisa una fuerte labor de recuperación, tal y como está haciendo en
el presente año (2000) la Escuela-taller “Terra de Montes”, ubicada
en el monasterio de Acibeiro, porque en la actualidad sólo podemos
detectar la presencia activa de una “coroceira” en Doade (Beariz),
que aún hace por encargo “corozas” y “carapuchos”, y una cerería
en Casanova (Forcarei), con lagar tradicional del siglo XVII, como último
testimonio de una tierra que fue llamada a lo largo de siglos la “Borreira”,
por la actividad predominante de los “borreiros” (arrieros de cera).
Recordemos que en el año 1752, en la parroquia de Dúas Igrexas (Forcarei),
119 de sus vecinos eran “borreiros” o traficantes y elaboradores de
la cera. Este proceso lo describía Antón Alonso Ríos, diputado
agrario y galleguista, en su cariz de “refugiado” en Forcarei en el
transcurso de la Guerra Civil. En su libro “O
Siñor Afranio”, que relata magistralmente como sobrevivió a la
persecución de la Falange amparándose en la falsa personalidad de un
mendigo portugués, revive la concurrencia de los “borreiros”, después
de “recolleren
as colmeas das albarizas e dos lagares as entenas das que se tiña
tirado o mel, co gallo de derretelas, prensalas e facer a cera virxe”.
Era éste otro de los oficios que había surgido a la sombra del
monasterio, incontestable propulsor también de la actividad comercial a
través de la implantación de una red de ferias y mercados, como
demostró hasta la mitad de siglo la pujanza de las de Doade, Soutelo,
Fondós o Acibeiro.
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