Web           realizada por: Javier Tato Arca sobre textos de Francisco Rozados           "Rochi". Fotografías de "Xoque" Carvajal,           Federico de la Peña, Manuel Barreiro e "Rochi".

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Uno de los muchos robles que todavía quedan en Terra de Montes

 

 

 

 

 

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Cascada en el río Umia, en la parroquia de Meavía

 

 

 

 

 

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Sendero en Castrelo

 

 

 

 

 

Prado en Millerada

 

 

 

 

 

 

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Pico de Valiñas, en Dúas Igrexas

 

 

 

 

 

 

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Rincón de la aldea de Barciela, en Castrelo

 

 

 

 

 

 

 

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Vista de Grobas, aldea abandonada en la sierra del Candán

 

POR LOS SENDEROS DE MONTES

             En Montes existen hermosos parajes naturales, lugares tan anónimos como omnipresentes; quizás por ello no sea lo más conveniente homologar o catalogar diferentes rutas de senderismo, en una tierra donde cada sendero, cada vereda, son en sí mismos obras de apreciable belleza donde antaño se combinaron y hermanaron perfectamente la pródiga madre naturaleza y la sabia y respetuosa mano del hombre de la aldea.

            Aún así, cuatro de esas rutas pueden, ciertamente, ejercer una mayor atracción sobre el senderista. La primera a la que tenemos, por fuerza, que acudir es la “Ruta das Pontes do Lérez”, surgida a la sombra de una obra de colaboración entre el cronista Antonio Rodríguez Fraiz y el artista Agustín Portela Paz, que va describiendo y retratando puntualmente cada uno de los puentes sobre el Lérez, su entorno y los retazos de cultura inmaterial ligados a las zonas por las que el río discurre. No fueron, sin embargo, estos dos autores los primeros en cantar las excelencias del Lérez. Fray Martín Sarmiento, con antepasados en Cerdedo, le dedica una casi desmedida atención a este río que nace en Acibeiro, a escasos dos quilómetros del monasterio. Nos transmite el gran filólogo sus dudas acerca del origen etimológico de la voz Lérez (originalmente Leron o Laeron): “... ni sé si es voz de la lengua primitiva, si de la céltica, si de la griega, o si de la latina”, y apunta una imaginativa hipótesis: “Siendo Pontevedra Hellenes y su significado, pueblo o país habitado de hellenos o griegos, claro está, que sin violencia, se pudo llamar el río Lérez, río de los griegos o fluvius hellenôn. Supuesto lo dicho, pudo haberse dicho Leros o Leron, mudando la N en R, tránsito común, sincopado el Hel-leron de Hel-lenon. Y acaso así se llamaría, y por lo mismo no me determino a creer sea voz latina... Mientras, digo que Laeros, se dijo Leros, Lericos, Lerice, Lerce, Lerze, Lerz, Lérez y Leriz”. Se diría, pues, que podemos llamarlo con la licencia del sabio Martín, el río de los mil nombres en la tierra de los mil ríos de Cunqueiro. También otro cerdedense, el poeta Xosé Roxelio Otero Espasandín, que en este año 2000 cumple su Centenario, dedicó un hermoso poema a los puentes del Lérez, en el que queda bien patente su amor por la tierra: Pontes do río Lérez / feitas de ceo e pedra: / lévovos no recordo / sempre ledas. / Firmes pontes / brinco de orela a orela / maternos brazos / da ialma da Galecia: / comigo andades sempre, / as meniñas dos ollos moi abertas, / cara ó lonxe do tempo / e das estrelas.

El recorrido de esta ruta, diseñado por Gumersindo Ferro, comienza en el lugar de Pedre (Cerdedo) y finaliza a pocos metros del nacimiento del río, al pié del Candán (Acibeiro). Se separa en algunas zonas del cauce debido a las condiciones topográficas adversas, y se divide en 9 tramos que suponen un total de 24 quilómetros:

 

1-     Ponte de Pedre – Ponte de Vichocuntín : quilómetro y medio que discurre en sus comienzos entre unos muros de piedra que conducen a la “Eira Grande” de Pedre, aldea que fue calificada por algunos etnógrafos como el “Combarro interior”.

2-     Ponte de Vichocuntín – Ponte de San Antón : tramo de 2 quilómetros que transcurre por una zona llana y con abundante arbolado.

3-     Ponte de San Antón – Ponte do Pego : 5 quilómetros. Desviándose al pueblo de Cerdedo se puede ver el conjunto de hórreos de “Eira da Pena”, y volviendo al río existe una buena cantidad de molinos sin perder la trayectoria del cauce.

4-     Ponte do Pego – Ponte Parada : otro quilómetro y medio. Tramo que consolida un paso de socorrido uso para los pescadores en la ribera izquierda. “Ponte Parada” es digna de contemplar haciendo un alto en el camino.

5-     Ponte Parada – Ponte Gomaíl : tramo de 3 quilómetros y medio que une dos puentes de los más hermosos de la ruta. Encontraremos un camino que antiguamente servía como acceso a una de las primeras mini-centrales de la era protoindustrial que generó la corriente eléctrica para el municipio de Forcarei, la de los Gulías.

6-     Ponte Gomaíl – Ponte Maril : en estos 2 quilómetros se encuentra un trozo de camino empedrado entre el puente nuevo y el llamado del Batán, de Forcarei.

7-     Ponte Maril – Ponte Carballa : parte este tramo de un paraje acogedor y desbordante de vegetación al lado del campamento juvenil de Ponte Maril, y discurre por bosques y robledas casi en permanente sombra. Tiene unos 3 quilómetros.

8-     Ponte Carballa – Ponte Vella de Andón : en un espacio de 3 quilómetros y medio se recupera un viejo alcorce que iba desde “Ponte Carballa” a Acibeiro, a causa del encajamiento que hace impracticable la zona de ribera. Transcurre a cielo abierto por los montes de Valiñas y Furada.

9-     Ponte Vella de Andón – Ponte Vella do Rabelo : los dos últimos quilómetros transcurren por terrenos de capa vegetal muy honda y nos conducen a las proximidades del nacimiento del Lérez. El puente del que partimos en este último tramo, “Ponte Vella de Andón”, merece otro alto en el camino, para observar la hermosura de esta obra maestra del románico popular, atribuida a San Gonzalo das Penas, cuando era abad del monasterio, que queda a unos cuatrocientos metros del puente.

 

 De la magia y belleza de esta ruta unida al río, a los puentes, a los molinos y al monasterio, nos habla la propia tradición de nuestro país : en el mundo mítico gallego el agua, en todas sus formas (ríos, fuentes, el mar) tiene una vital relevancia. También universalmente está vinculada a un simbolismo circular de muerte y resurrección. Este valor mítico del agua se encuentra en los más antiguos textos de la humanidad y, por ejemplo, en la epopeya sumeria de Gilgamesh concreta el mito del eterno retorno. Se ven claros, pues, los lazos de unión de las tradiciones seculares alrededor del agua con los  ancestrales “enxebramentos”, ritos propios del folclore gallego que equivalían al bautismo de los nonnatos o bautismos anticipados cuando se temía por la vida de la criatura en el vientre materno, al igual que los rituales de fertilidad o de exorcismo. De la práctica de los variados tipos de ritos hídricos existe constancia en algunos puentes del Lérez, como “Ponte Vella de Andón”, Gomaíl, Parada o Pedre, acompañada siempre de los correspondientes ensalmos o “esconxuros”.

Otro sendero, hijo de la tradición y de la historia menuda de este país de oficios, es el conocido como “Camiño Vreeiro” (denominación tautológica, toda vez que los dos conceptos expresados ofrecen idéntico significado). Esta ruta, también llamada “dos arrieiros” se generó en la Edad Media como alternativa a las rutas que atravesaban espacios de mayor densidad demográfica, con el fin de huir de los portazgos y otros impuestos comerciales. Subía prácticamente de un tirón desde el Ribeiro hasta Santiago, sin apenas ramales secundarios, y penetraba en la comarca de Montes por la feligresía bearicense de Doade, después de haber transitado 20 quilómetros por una diagonal que separaba los dominios de los monasterios de Melón y Acibeiro. Atravesaba los parajes de Porto de Rodeiro, Laxa Blanca y Portela da Cruz, en la sierra del Suído, y uno de sus escasos ramales conducía a la ermita de la cumbre de San Benito. Tras pasar el puente románico de Ricobanca, al lado de un hermoso ejemplar de molino con techo de piedra de cantería, se dirigía al monte Seixo y posteriormente al valle de Alfonsín (Presqueiras), seguía por San Miguel, Morgade y Folgoso, cruzando el Lérez por Ponte Parada, subiendo por Lama Ferrada a la zona de Santa Mariña de Castrelo, donde se conserva en buen estado la enhiesta Torre de Alarma de Barciela, del siglo XV. Pasaba, en su tramo final de la Tierra de Montes, por Vieiro (otro topónimo vinculado etimológicamente al propio camino), Liñares, Mámoa, Cima da Costa, Baiucas, Quintillán, Rúa, Cruceiro y Fonte Blanca. En Mámoa (Castrelo) existe un campo con más de 20 túmulos al lado de este antiguo camino. El “Vreeiro” está aún por señalizar, y su recorrido, de unos 20 quilómetros, atraviesa de sur a norte la Tierra de Montes. Es, además, la vía por donde se generó el plato típico de la gastronomía de Forcarei, la “Richada”.

En la sierra de Candán, espacio de protección medioambiental, cabe la posibilidad de hacer dos rutas de considerable atractivo natural y etnográfico. La primera, recogida en una publicación de Paco Armada, “Senderos de pequeño recorrido en la provincia de Pontevedra”, tiene como punto de partida el campo del monasterio de Acibeiro y, a lo largo de 11 quilómetros, transcurre por los lugares de Masgalán, la cumbre de Seixiños Brancos, Porto Candán, cumbre de San Benito, la aldea aislada de Grobas y Bustelos. En el tramo final, el que va del hermoso rincón de Grobas a Bustelos, aún encontramos un trozo amplio de impagable camino enlosado por la ladera del monte. El propio autor, Paco Armada, lo resaltaba como el más sugestivo y atrayente de los dieciséis que componían su libro. 

            Otra ruta, de mayor duración y dificultad, se puede hacer partiendo de Fixó, en la parroquia de Millerada, atravesando los lugares de A Cabana, A Trigueira, Portomartiño, Ameixedo (lugares pertenecientes a la comarca histórica, hoy en el ayuntamiento de Lalín), y Grobas, A Noveliza, Rochela, Vilaverde (ya en Forcarei), rematando también en el atrio de Acibeiro. Esta ruta alberga algunos espacios dignos de visitar con calma, como el espeso bosque que encontramos próximo a Ameixedo, una dehesa ubicada en la umbría del monte Coco, mirando al Candán, y que ilustra lo que debió de ser el aspecto de gran parte de la zona de media montaña galaica, es decir, frondosidad, vegetación tupida y una enorme variedad de especies vegetales. En pocos lugares se podrá, sin duda, encontrar semejante muestra del bosque autóctono gallego, puesto que el fuego, la deforestación y la invasión de especies alóctonas, entre otras causas, han hecho que sólo en zonas aisladas como ésta, casi despoblada, con un alto grado de humedad y elevada pendiente, haya sobrevivido esta maravilla, cúspide de la evolución de las formaciones vegetales de Galicia, en la que aparecen robles (carballos), castaños, abedules, acebos, “sanguiños”, alisos, “ruscos”, helechos y arándanos, todos sobre una gruesa capa de musgo que cubre el suelo del bosque. También en esta ruta podemos ver los restos de dos de las neveras (el comercio del hielo fue una de las actividades más rentables en los siglos XVI y XVII) pertenecientes al monasterio de Acibeiro, próximas al cruce entre el camino que unía Fixó con Grobas y el Camino Real que enlazaba al propio monasterio con el Ribeiro ourensano a través del Paraño. Diversas zonas de antiguas explotaciones mineras y una central hidráulica de principios de siglo, en A Trigueira, complementan y completan los atractivos de por sí grandes de este sendero.

Cabe destacar, pues, la importancia natural, artística y antropológica de cualquiera de las rutas expuestas, sin olvidar la premisa que plasmábamos al principio de este apartado referente a la riqueza y densidad de atractivos visuales y culturales para cualquiera de los senderos que se puedan improvisar en toda la Tierra de Montes.

 

 

 

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