Uno de los muchos robles
que todavía quedan en Terra de Montes

Cascada en el río Umia, en
la parroquia de Meavía

Sendero en Castrelo

Prado en Millerada

Pico de Valiñas, en Dúas
Igrexas

Rincón de la aldea de
Barciela, en Castrelo

Vista de Grobas, aldea
abandonada en la sierra del Candán
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POR LOS SENDEROS DE MONTES
En Montes existen hermosos parajes naturales, lugares tan anónimos
como omnipresentes; quizás por ello no sea lo más conveniente
homologar o catalogar diferentes rutas de senderismo, en una tierra
donde cada sendero, cada vereda, son en sí mismos obras de apreciable
belleza donde antaño se combinaron y hermanaron perfectamente la pródiga
madre naturaleza y la sabia y respetuosa mano del hombre de la aldea.
Aún así, cuatro de esas rutas pueden, ciertamente, ejercer una
mayor atracción sobre el senderista. La primera a la que tenemos, por
fuerza, que acudir es la “Ruta das Pontes do Lérez”, surgida a la
sombra de una obra de colaboración entre el cronista Antonio Rodríguez
Fraiz y el artista Agustín Portela Paz, que va describiendo y
retratando puntualmente cada uno de los puentes sobre el Lérez, su
entorno y los retazos de cultura inmaterial ligados a las zonas por las
que el río discurre. No fueron, sin embargo, estos dos autores los
primeros en cantar las excelencias del Lérez. Fray Martín Sarmiento,
con antepasados en Cerdedo, le dedica una casi desmedida atención a
este río que nace en Acibeiro, a escasos dos quilómetros del
monasterio. Nos transmite el gran filólogo sus dudas acerca del origen
etimológico de la voz Lérez (originalmente Leron o Laeron): “... ni sé si es voz de la lengua primitiva, si de la céltica, si de
la griega, o si de la latina”, y apunta una imaginativa hipótesis:
“Siendo
Pontevedra Hellenes y su significado, pueblo o país habitado de
hellenos o griegos, claro está, que sin violencia, se pudo llamar el río
Lérez, río de los griegos o fluvius hellenôn. Supuesto lo dicho, pudo
haberse dicho Leros o Leron, mudando la N en R, tránsito común,
sincopado el Hel-leron de Hel-lenon. Y acaso así se llamaría, y por lo
mismo no me determino a creer sea voz latina... Mientras, digo que
Laeros, se dijo Leros, Lericos, Lerice, Lerce, Lerze, Lerz, Lérez y
Leriz”. Se diría, pues, que podemos llamarlo con la licencia
del sabio Martín, el río de los mil nombres en la tierra de los mil ríos
de Cunqueiro. También otro cerdedense, el poeta Xosé Roxelio Otero
Espasandín, que en este año 2000 cumple su Centenario, dedicó un
hermoso poema a los puentes del Lérez, en el que queda bien patente su
amor por la tierra:
Pontes do río Lérez / feitas de ceo e pedra: / lévovos no recordo /
sempre ledas. / Firmes pontes / brinco de orela a orela / maternos
brazos / da ialma da Galecia: / comigo andades sempre, / as meniñas dos
ollos moi abertas, / cara ó lonxe do tempo / e das estrelas.
El
recorrido de esta ruta, diseñado por Gumersindo Ferro, comienza en el
lugar de Pedre (Cerdedo) y finaliza a pocos metros del nacimiento del río,
al pié del Candán (Acibeiro). Se separa en algunas zonas del cauce
debido a las condiciones topográficas adversas, y se divide en 9 tramos
que suponen un total de 24 quilómetros:
1-
Ponte de Pedre – Ponte de Vichocuntín : quilómetro y medio
que discurre en sus comienzos entre unos muros de piedra que conducen a
la “Eira Grande” de Pedre, aldea que fue calificada por algunos etnógrafos
como el “Combarro interior”.
2-
Ponte de Vichocuntín – Ponte de San Antón : tramo de 2 quilómetros
que transcurre por una zona llana y con abundante arbolado.
3-
Ponte de San Antón – Ponte do Pego : 5 quilómetros. Desviándose
al pueblo de Cerdedo se puede ver el conjunto de hórreos de “Eira da
Pena”, y volviendo al río existe una buena cantidad de molinos sin
perder la trayectoria del cauce.
4-
Ponte do Pego – Ponte Parada : otro quilómetro y medio. Tramo
que consolida un paso de socorrido uso para los pescadores en la ribera
izquierda. “Ponte Parada” es digna de contemplar haciendo un alto en
el camino.
5-
Ponte Parada – Ponte Gomaíl : tramo de 3 quilómetros y medio
que une dos puentes de los más hermosos de la ruta. Encontraremos un
camino que antiguamente servía como acceso a una de las primeras
mini-centrales de la era protoindustrial que generó la corriente eléctrica
para el municipio de Forcarei, la de los Gulías.
6-
Ponte Gomaíl – Ponte Maril : en estos 2 quilómetros se
encuentra un trozo de camino empedrado entre el puente nuevo y el
llamado del Batán, de Forcarei.
7-
Ponte Maril – Ponte Carballa : parte este tramo de un paraje
acogedor y desbordante de vegetación al lado del campamento juvenil de
Ponte Maril, y discurre por bosques y robledas casi en permanente
sombra. Tiene unos 3 quilómetros.
8-
Ponte Carballa – Ponte Vella de Andón : en un espacio de 3
quilómetros y medio se recupera un viejo alcorce que iba desde “Ponte
Carballa” a Acibeiro, a causa del encajamiento que hace impracticable
la zona de ribera. Transcurre a cielo abierto por los montes de Valiñas
y Furada.
9-
Ponte Vella de Andón – Ponte Vella do Rabelo : los dos últimos
quilómetros transcurren por terrenos de capa vegetal muy honda y nos
conducen a las proximidades del nacimiento del Lérez. El puente del que
partimos en este último tramo, “Ponte Vella de Andón”, merece otro
alto en el camino, para observar la hermosura de esta obra maestra del
románico popular, atribuida a San Gonzalo das Penas, cuando era abad
del monasterio, que queda a unos cuatrocientos metros del puente.
De
la magia y belleza de esta ruta unida al río, a los puentes, a los
molinos y al monasterio, nos habla la propia tradición de nuestro país
: en el mundo mítico gallego el agua, en todas sus formas (ríos,
fuentes, el mar) tiene una vital relevancia. También universalmente está
vinculada a un simbolismo circular de muerte y resurrección. Este valor
mítico del agua se encuentra en los más antiguos textos de la
humanidad y, por ejemplo, en la epopeya sumeria de Gilgamesh concreta el
mito del eterno retorno. Se ven claros, pues, los lazos de unión de las
tradiciones seculares alrededor del agua con los ancestrales “enxebramentos”,
ritos propios del folclore gallego que equivalían al bautismo de los nonnatos
o bautismos anticipados cuando se temía por la vida de la criatura en
el vientre materno, al igual que los rituales de fertilidad o de
exorcismo. De la práctica de los variados tipos de ritos hídricos
existe constancia en algunos puentes del Lérez, como “Ponte Vella de
Andón”, Gomaíl, Parada o Pedre, acompañada siempre de los
correspondientes ensalmos o “esconxuros”.
Otro
sendero, hijo de la tradición y de la historia menuda de este país de
oficios, es el conocido como “Camiño Vreeiro” (denominación tautológica,
toda vez que los dos conceptos expresados ofrecen idéntico
significado). Esta ruta, también llamada “dos arrieiros” se generó
en la Edad Media como alternativa a las rutas que atravesaban espacios
de mayor densidad demográfica, con el fin de huir de los portazgos y
otros impuestos comerciales. Subía prácticamente de un tirón desde el
Ribeiro hasta Santiago, sin apenas ramales secundarios, y penetraba en
la comarca de Montes por la feligresía bearicense de Doade, después de
haber transitado 20 quilómetros por una diagonal que separaba los
dominios de los monasterios de Melón y Acibeiro. Atravesaba los parajes
de Porto de Rodeiro, Laxa Blanca y Portela da Cruz, en la sierra del Suído,
y uno de sus escasos ramales conducía a la ermita de la cumbre de San
Benito. Tras pasar el puente románico de Ricobanca, al lado de un
hermoso ejemplar de molino con techo de piedra de cantería, se dirigía
al monte Seixo y posteriormente al valle de Alfonsín (Presqueiras),
seguía por San Miguel, Morgade y Folgoso, cruzando el Lérez por Ponte
Parada, subiendo por Lama Ferrada a la zona de Santa Mariña de Castrelo,
donde se conserva en buen estado la enhiesta Torre de Alarma de Barciela,
del siglo XV. Pasaba, en su tramo final de la Tierra de Montes, por
Vieiro (otro topónimo vinculado etimológicamente al propio camino), Liñares,
Mámoa, Cima da Costa, Baiucas, Quintillán, Rúa, Cruceiro y Fonte
Blanca. En Mámoa (Castrelo) existe un campo con más de 20 túmulos al
lado de este antiguo camino. El “Vreeiro” está aún por señalizar,
y su recorrido, de unos 20 quilómetros, atraviesa de sur a norte la
Tierra de Montes. Es, además, la vía por donde se generó el plato típico
de la gastronomía de Forcarei, la “Richada”.
En
la sierra de Candán, espacio de protección medioambiental, cabe la
posibilidad de hacer dos rutas de considerable atractivo natural y
etnográfico. La primera, recogida en una publicación de Paco Armada,
“Senderos de pequeño recorrido en la provincia de Pontevedra”,
tiene como punto de partida el campo del monasterio de Acibeiro y, a lo
largo de 11 quilómetros, transcurre por los lugares de Masgalán, la
cumbre de Seixiños Brancos, Porto Candán, cumbre de San Benito, la
aldea aislada de Grobas y Bustelos. En el tramo final, el que va del
hermoso rincón de Grobas a Bustelos, aún encontramos un trozo amplio
de impagable camino enlosado por la ladera del monte. El propio autor,
Paco Armada, lo resaltaba como el más sugestivo y atrayente de los
dieciséis que componían su libro.
Otra
ruta, de mayor duración y dificultad, se puede hacer partiendo de Fixó,
en la parroquia de Millerada, atravesando los lugares de A Cabana, A
Trigueira, Portomartiño, Ameixedo (lugares pertenecientes a la comarca
histórica, hoy en el ayuntamiento de Lalín), y Grobas, A Noveliza,
Rochela, Vilaverde (ya en Forcarei), rematando también en el atrio de
Acibeiro. Esta ruta alberga algunos espacios dignos de visitar con
calma, como el espeso bosque que encontramos próximo a Ameixedo, una
dehesa ubicada en la umbría del monte Coco, mirando al Candán, y que
ilustra lo que debió de ser el aspecto de gran parte de la zona de
media montaña galaica, es decir, frondosidad, vegetación tupida y una
enorme variedad de especies vegetales. En pocos lugares se podrá, sin
duda, encontrar semejante muestra del bosque autóctono gallego, puesto
que el fuego, la deforestación y la invasión de especies alóctonas,
entre otras causas, han hecho que sólo en zonas aisladas como ésta,
casi despoblada, con un alto grado de humedad y elevada pendiente, haya
sobrevivido esta maravilla, cúspide de la evolución de las formaciones
vegetales de Galicia, en la que aparecen robles (carballos), castaños,
abedules, acebos, “sanguiños”, alisos, “ruscos”,
helechos y arándanos, todos sobre una gruesa capa de musgo que cubre el
suelo del bosque. También en esta ruta podemos ver los restos de dos de
las neveras (el comercio del hielo fue una de las actividades más
rentables en los siglos XVI y XVII) pertenecientes al monasterio de
Acibeiro, próximas al cruce entre el camino que unía Fixó con Grobas
y el Camino Real que enlazaba al propio monasterio con el Ribeiro
ourensano a través del Paraño. Diversas zonas de antiguas
explotaciones mineras y una central hidráulica de principios de siglo,
en A Trigueira, complementan y completan los atractivos de por sí
grandes de este sendero.
Cabe
destacar, pues, la importancia natural, artística y antropológica de
cualquiera de las rutas expuestas, sin olvidar la premisa que plasmábamos
al principio de este apartado referente a la riqueza y densidad de
atractivos visuales y culturales para cualquiera de los senderos que se
puedan improvisar en toda la Tierra de Montes.
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