 El cineasta Chano
Piñeiro, con Vidal Bolaño en el rodaje de
"Sempre Xonxa"

Fermín Cachafeiro, padre del
celebérrimo Avelino, o "Gaiteiro de Soutelo"

Xosé Manuel Rivas Troitiño en
la presentación de la biografía del "Gaiteiro de Soutelo"
(año 1977)

Xosé Luis Barreiro en su
juventud, tocando la guitarra

El pintor Xosé María Barreiro
saludando a la Reina Sofía
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TIERRA DE ARTISTAS
Y HOMBRES DE
LETRAS
Además de la ingente cantidad de anónimos artesanos que dieron
forma a las casas, molinos, cruceiros y puentes, pequeños y
hechizadores demiurgos de la piedra labrada en esta tierra que llaman de
canteros, inmortalizados en el monumento al Cantero de Cerdedo, existe
un nutrido y notable elenco de artistas y hombres de letras que también
han dejado su profunda huella a lo largo de la historia de Montes. El
adelantado fue, sin duda, el abad de Acibeiro, después canonizado como
San Gonzalo das Penas, a quien debemos la creación de la Escuela de
Teología Moral de Aciveiro, en el siglo XV, el viejo puente románico
de Andón, el primitivo puente “do Crego”, de Dúas Igrexas y, sobre
todo, la inquietud cultural y formativa que trajo como consecuencia el
hecho de que a principios del siglo XX, Montes estuviese por debajo del
2 % en la tasa de analfabetismo, porcentaje insólito a la sazón en un
marco no urbano.
El dieciochesco Fray Martín Sarmiento, con casa familiar en
Cerdedo, dejó una obra reconocida y valorada por todos cuantos autores
le siguieron en el ámbito de la etimología y de la lingüística
gallega, e incluso ahondó en las raíces del folclore y de la etnografía
de nuestro país, sentando las bases para posteriores trabajos de
autores como Fermín Bouza Brey o José Luis Pensado, entre otros muchos
que lo tuvieron por maestro fundamental en todas y cada una de las múltiples
disciplinas a las que este genio se consagró.
De los tiempos de la imaginería barroca gallega quedan patentes
las presencias de los maestros talladores y canteros en la comarca a
través de sus obras. El retablo de Aciveiro se atribuye casi con toda
certeza a Miguel de Romay, el Ecce Homo de Cerdedo fue hecho por José
Gambino, y aún mayor es la presencia del maestro Cerviño, que dejó en
Montes la torre de la iglesia de Beariz y el cruceiro de Xirazga, con
excelente talla en las figuras de Adán y Eva que se encuentran en la
parte inferior del fuste.
Ya en el siglo XX, estas altas tierras sirvieron de inspiración
a poetas de la talla de Xosé Roxelio Otero Espasandín y Benito Veloso
Prado, entre los coterráneos, o Noriega Varela y Amado Carballo, entre
los foráneos que encontraron aquí su numen. Amado Carballo, el creador
del “hilozoísmo” a quien Otero Espasandín prologó su obra póstuma
“O Galo”, vivió en las tierra de A Madalena los últimos años de
su vida, y allí se inspiró para componer esa obra hondamente lírica
que incluye poemas como “O arrieiro” o el hermoso “Canto de
Arada”, que remataba :
O vento cego relouca / viudo de clocheles e árbores / no casal de
Vilapouca.
Otero Espasandín canta en sus poemas “ó
Lérez, a Castrodiz, á flor do toxo, á gloria das labercas e á
brancura das neves de febreiro”, en suma, a una naturaleza
montaraz a la que pide “metro
e medio de chan pra cando morra”, mientras Benito Veloso Prado
orienta desde el exilio sus composiciones a la sátira y al sainete,
componiendo “Sangre gorda”, “Un morto que fala” o la letra del
pasodoble titulado “Viva Forcarei !” que fue estrenado en 1924 en el
Centro Galego de Buenos Aires.
Eran también los tiempos de otros dos grandes artistas de la
tierra: Avelino Cachafeiro, el celebérrimo “Gaiteiro de Soutelo”
que, teniendo tras de sí el amor por la música que le habían
inculcado su padre y su abuelo, y siguiendo la estela que había trazado
Diego de Cana, el primer gaitero del que tenemos noticia en Tierra de
Montes (siglo XVI), supo vertebrar, como polifacético artista que fue,
una obra hondamente arraigada en la cultura del pueblo, a través de sus
sonidos, de sus versos (“Voando cas aas da vida”) e incluso de sus
pintura y tallas en madera, hasta el extremo de ser calificado por
hombres de la valía de Castelao o de Otero Pedrayo como arquetipo
perfecto del artista popular y comprometido, y núcleo de esa inagotable
y sabia cultura aldeana que Avelino atesoraba. A el, a su padre y a sus
hermanos está dedicada la estatua que se yergue en la Plaza del
Gaiteiro, en Soutelo de Montes, obra del conocido escultor cangués
Xoán Piñeiro.
Virxilio Blanco, presqueirense de reconocida fama entre la
vanguardia pictórica del primer tercio de siglo, es otro de esos
hombres que hacen grande a una tierra. De él se acordaba el dezano
Laxeiro cuando escribió sus memorias : “...
en las clases del Plantel de Enseñanza Concepción Arenal del Centro
Gallego de La Habana conocí, como alumno, al que habría de ser gran
pintor y muy amigo mío Virxilio Blanco, que era natural de Presqueiras,
cerca de Forcarei. Trabajaba de día en la tienda “El Encanto” y de
noche asistía a las clases de dibujo y pintura. Recuerdo con que alegría
lo fuimos a despedir al puerto Luz, porque el Centro Gallego, como era
tan buen alumno, le había concedido una beca para perfeccionarse en
Europa”. Corrían los primeros años de la década de los
veinte cuando esto sucedía en Cuba. A su muerte, acaecida a finales de
los cuarenta, Virxilio dejó múltiples muestras de su enorme talento
artístico, algunas de ellas en el Museo de Pontevedra.
En esa misma década vio la luz en Loureiro (Forcarei) el otro
gran pintor de Montes, José María Barreiro Gómez, también gran amigo
de Laxeiro, con quien coincidió a finales de los sesenta en Buenos
Aires. Pintor de línea vigorosa y virtuoso del color, ha expuesto su
obra en lugares tan diversos como Chicago, Miami, Lisboa, Buenos Aires,
Caracas, Canadá, Francia o Alemania. El suyo es un expresionismo
robusto (especie de “fauve” galaico) que llega a la armonía, paradójicamente,
a través de la disonancia. Funda el denominado “Prismatismo”, que
proclama el enriquecimiento expresionista del tema por medio de la
descomposición de colores básicos. En la actualidad es uno de los más
cotizados pintores dentro del panorama de la pintura gallega. Algunas de
sus obras pueden admirarse en el Ayuntamiento de Forcarei. Es éste un
edificio de estilo funcional diseñado por un artista recientemente
galardonado con el Premio Nacional de Arquitectura, César Portela Fernández-Jardón,
y podríamos decir que uno de los pocos ejemplos de arquitectura de
vanguardia del siglo XX, junto con el desconcertante edificio que sirvió
de residencia en Soutelo de Montes al empresario Alfredo González
Barros, de un estilo ecléctico pero de clara orientación tardomodernista,
sobre todo en los arcos y en la cúpula. También muestra influencias
del Art-déco en una vidriera correspondiente a la puerta de entrada de
uno de los dormitorios. Esta obra fue acabada en el año 1931 por Manuel
González Barros. Posee también una rarísima condición,
puesto que sus azulejos, tanto los exteriores como los interiores,
fueron hechos artesanalmente uno a uno, y son muy similares a algunos de
los que se pueden encontrar en el conocidísimo Parque Güell de Gaudí,
en Barcelona.
Merece ser destacado en el campo de las letras en la segunda
mitad del siglo el cronista Antonio Rodríguez Fraiz, ya fallecido, que
fue miembro del Instituto de Estudios Padre Sarmiento y cofundador del
Museo do Pobo Galego, por su labor de investigación sobre la Tierra de
Montes en general y el monasterio de Aciveiro en particular. También
merece homenaje la pluma de Manuel Cabada, natural de Sabucedo y catedrático
de Filosofía, autor de un magnífico trabajo sobre la historia y
antropología de la “Rapa das Bestas”, fiesta declarada de Interés
Turístico Nacional.
Autores de una obra menos extensa, pero igualmente resaltable,
son Xosé Luis Barreiro Rivas, forcaricense que dedicó un concienzudo
estudio al Camino de Santiago, excelente comunicador y humanista, y Xosé
Manuel Rivas Troitiño, que acaba de ver reeditada su biografía del
Gaiteiro de Soutelo.
En el campo de la imagen, dos autores pertenecen ya a la memoria
colectiva: los fotógrafos Manuel Barreiro, autor de bellas estampas del
Forcarei de los años cuarenta y cincuenta que fueron motivo de
una exposición y de la publicación cultural del Ayuntamiento de
Forcarei “Cotaredo”, y Virxilio Viéitez, reconocido ya a la altura
de fotógrafos gallegos como Ksado, Pintos o Manuel Ferrol, y que tanto éxito alcanzó en
el pasado 1999 en Madrid, París o Nueva York como retratista del mundo
de la emigración.
No haríamos justicia si olvidásemos a otro forcareiense que
llevó al cine gallego a su mayoría de edad, Chano Piñeiro, el autor
del seminal y multipremiado cortometraje “Mamasunción” y del primer
largometraje gallego “Sempre Xonxa”, cineasta que extrajo muchas
secuencias de su infancia vivida en Tierra de Montes, escenas que
sirvieron para dar a conocer al mundo la especial personalidad de esta
tierra, cargada de personas que, como él, han tenido y siguen teniendo
una especial sensibilidad surgida de la vida sobria en la naturaleza y
de su centenaria cultura popular. El propio Chano decía:
“Yo
soy un aldeano, para bien y para mal”.
Su memoria permanece
hoy viva e intacta en esa gente de Montes a la que él tanto defendía,
y en el homenaje del Instituto de Enseñanza Secundaria, llamado, en su
recuerdo
“I.E.S. Chano Piñeiro”.
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