Web           realizada por: Javier Tato Arca sobre textos de Francisco Rozados           "Rochi". Fotografías de "Xoque" Carvajal,           Federico de la Peña, Manuel Barreiro e "Rochi".

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Tierra de Montes

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UN POCO DE HISTORIA, UN POCO DE LEYENDA

             De la huella de prehistóricos pobladores hablan en Terra de montes los cientos de mámoas, castros y petroglifos o insculturas rupestres, en su mayor parte por catalogar. Podemos citar los castros de Loureiro, Dúas Igrexas, con antecastro bien definido; el de Rodeiras de Garellas y el de Mouteira de Fixó, en Millerada; los de Filloi y Muras, en Pereira; el de Montes, en Presqueiras, sobre el cual levantaría posteriormente Gelmírez la Torre-fortaleza llamada del Castro; el de Sanguñedo, en Madanela, donde fueron halladas hachas pulimentadas; los de Quireza, Castrodiz y Vilariño, éstos en Cerdedo, y los de Magros y Garfián, en Beariz. Todos ellos se encuentran hoy ocultos por la vegetación, pero pueden contarse entre los mejor conservados de Galicia.

            De estos castros de Montes encontramos una curiosa referencia en la “Historia de Galicia” de Benito Vicetto, del año 1865, donde el autor acude al historiador Sobreira en una cita que dice: “...he llegado a sospechar otro género de orden, que es como un orden circular alrededor de una comarca. A las faldas de la tierra de Soutelo de Montes, veo que forman círculo los castros de Escuadro, Moalde, Castro, Vite, Oca, Ancorados, el dicho Olivez, y últimamente el castro de Godoy que también forma línea, con los castros que cubren el camino de Soutelo de Montes a la Estrada y a Sanlés (Salnés); de manera que todos dichos castros forman círculo, y el de Godoy que está en Ribela, sobre el río y lugar de Godoy, cierra o termina el dicho círculo, y forma una sección continuada por el dicho camino de la Estrada”. Finaliza Vicetto la cita aludiendo a que “Debemos advertir aquí que el país al que se refiere Sobreira es uno de aquéllos en que las memorias célticas están más vivas y son muy abundantes”.

            Una de las memorias o leyendas que aún permanecen en el acervo folclórico de la comarca es la de la maldición de la sangre, hermosa como pocas, y que relata el establecimiento de las primeras poblaciones en Montes. Narra que, establecidos los pobladores de los castros en las Rías Baixas, comenzaron también a colonizar tierras hacia el interior. A la sazón, se estaban originando enfrentamientos entre los habitantes de los distintos castros, en los que se producían robos de ganado y raptos de mujeres. En un determinado momento comenzaron a existir problemas debido a que algunas mujeres, después de haber tenido un primer hijo sin trabas, presentaban anomalías en el segundo parto, muriendo el hijo o naciendo con notables taras físicas. En aquel tiempo en que la superstición estaba por encima de los conocimientos “médicos”, los pobladores de los castros no encontraron mejor solución para evitar esta plaga que el destierro de las mujeres “hechizadas” y de su prole, aprovechando la ocasión para expulsar también de la comunidad a los hombres más conflictivos. Y precisamente el destino de este grupo de proscritos fue la tierra de los montes, donde, pensaban los “ortodoxos”, la ruda naturaleza acabaría con ellos. Pero he aquí que la tierra, más compresiva que los hombres, no sólo no acabó con ellos, sino que les brindó la abundante pesca de sus ríos y la caza de sus montes, convirtiéndolos en una próspera comunidad que más tarde descubriría también el recóndito tesoro de las minas de metal que abundan en la tierra de los montes. De este modo, lo que había nacido como una maldición, acabó por convertirse en una vida no ausente de penalidades, pero también venturosa y fértil, superando todas las contrariedades iniciales. Siendo conscientes de la tara que los había obligado a abandonar sus primeras moradas y para evitar problemas con la descendencia, estas nuevas comunidades montesas vetaron, en una especie de “endogamia terapéutica”, los emparejamientos con habitantes de otros lugares, y siempre que no se respetó esa prohibición – según la leyenda – el segundo hijo no llegaba a nacer o lo hacía con defectos, manifestándose así la vigencia de aquella “maldición”. Aquí finalizaría la leyenda, pero enlazaría con la realidad de una manera curiosa. Parece ser que aún en la actual Terra de montes hay prevalencia, sobre otras zonas, de habitantes con sangre RH negativo, y la ciencia actual nos dice que una mujer con RH negativo casada con un varón de RH positivo, puede tener sin dificultades su primer hijo, pero si éste tiene el mismo factor sanguíneo que el padre, generaría anticuerpos en la sangre materna que más tarde impedirían el desarrollo normal de un segundo hijo con RH positivo. Los pobladores de los castros no lo sabían, lógicamente, y lo que para ellos había nacido como una maldición, se convirtió en una manera de vivir especial y muy vinculada a la naturaleza. Pocas veces coincide la leyenda con la probabilidad científica de modo tan patente como en este caso.

            Otra leyenda salida de los castros es la de la Loureiriña, una hermosa ninfa rubia que bajó del castro de Loureiro para ir a contemplarse en las cristalinas aguas del Lérez, a su paso por Ponte do Crego. Hechizada por la belleza de la extensa y frondosa robleda por la que suavemente discurre el río, la rubia Loureiriña se durmió plácidamente, para despertar de tiempo en tiempo y aparecérseles a los caminates. Un día de San Juan, un gallardo mozo habló con la Loureiriña, y ésta lo condujo hasta una cueva colmada de oro, que tenía la puerta a flor del agua. Allí había llaves de oro, vasijas, cucharas, tazas y platos, todos de oro. Incluso una gallina de oro que ponía huevos de oro; pero también le relató al mozo que tenía en su dorado hogar una entrada con una viga de alquitrán que quemaría a quien osase aproximarse a tal tesoro si la Loureiriña quisiera. Leyenda similar a la de la olla enterrada con monedas de oro que el cineasta forcaricense Chano Piñeiro incluiría en su inmortal “Sempre Xonxa”.

            Leyendas, crónicas e hipótesis históricas se mezclan sobre un período, el de la cultura castreña, que no parece nada claro y del que sabemos, sin tener una definición cronológica exacta, que dio comienzo tras el desenlace de la Edad del Bronce. Comúnmente se vinculan los castros a la civilización céltica. No sólo los profanos preguntan por los castros celtas, sino que historiadores como Verea y Aguiar, Martínez Padín o Benito Vicetto defienden la tesis del celtismo histórico, mientras autores como Pondal y Murguía, que apuntaba: “La preponderancia de la raza celta en Galicia es un hecho evidente: de ahí que la poesía y el arte sean dulces, tristes y melancólicos”, crearon el celtismo literario. Curiosamente, para todos estos autores, como deja reflejado Francisco Calo Lourido en su capítulo sobre Prehistoria y Edad Antigua de la “Historia Xeral de Galicia”, eran celtas también las mámoas y todo cuanto resto “antiguo” no susceptible de encuadrar en un período histórico, encontraban por el territorio. Para Calo Lourido, como para otros autores, la palabra celta no designa ni a un pueblo ni a una etnia, sino a una lengua o a una familia lingüística, mientras que los pobladores de los castros eran ágrafos: no podemos conocer, por lo tanto, que tipo de lengua tenían, y asegurar entonces que eran celtas. No obstante, versiones más románticas, idealistas o legendarias atraen más por su originalidad, didactismo o misterio a la hora de ser escuchadas. El pueblo gallego ha tenido siempre una fértil imaginación para buscar sus orígenes, y donde la “historia” dice que los habitantes de los castros sometieron a los pobladores precedentes – los constructores de megalitos -, nunca faltará quien diga que los celtas (o saefes, hombres – serpiente, así conocidos por su culto ofiolátrico) sometieron a los oestrimnios. Son distintas maneras de referirnos a la misma realidad, mezclando leyendas, datos y crónicas.

            Precisamente a propósito de los constructores de megalitos, los hombre que poblaron estas tierras aproximadamente desde el cuarto al segundo milenio antes de Cristo, también parece haber indicios de que existían cuadrillas ambulantes de canteros dedicados a levantar los monumentos, cuadrillas de grandes especialistas del trabajo de la piedra, cualidad que podrían haber heredado los pobladores de los castros. Incluso podríamos hablar de alguna escuela local o maestro que expandiría determinados modos de construir los monumentos megalíticos. Es hasta cierto punto posible, pues, que la fama de los canteros de Terra de montes tenga sus raíces en ese período. El profesor Fernando Cabeza Quiles, experto en toponimia, apunta que el vocablo “medorra” (una de las variantes del término “mámoa”) procedería de la voz latina “meta” (elemento más o menos cónico). Si tenemos en cuenta, por otro lado, que Terra de montes fue, en la época sueva, la “Montes meta” perteneciente a la sede de Iria, en la que habitaba el pueblo de los Mettacios, no estaría fuera de lugar conjeturar algún tipo de relación entre esos canteros – constructores de megalitos – y la denominación posterior, a la que se aludía, de época sueva, como tierra ya de buenos canteros. De lo que no cabe duda es de la febril actividad de tales artesanos, puesto que en Terra de montes existen cientos de emplazamientos en los que se ubican grupos de mámoas o túmulos, entre los que destacan el Campo das Mámoas, situado en la feligresía forcaricense de Castrelo, que Fray Martín Sarmiento cita como “Monte das sete mámoas” en su obra “Colección de voces y frases gallegas”, de mediados del siglo XVIII; la mámoa de Boimorto, en Meavía; el grupo Outeiro da Vella y la mámoa do Mouro Negro, ambas en Pereira; mámoas da Serra y mámoa do Carrascal, en Madanela; Pena da Cruz y Coto da Mámoa, en Millerada; Os Olleiros y Porto Fieiro, en Aciveiro; Penide, en Dúas Igrexas; Mamoalba, en Cerdedo; mámoas de Os Liñares y As Ventelas, en Lebozán; mámoas de Garfián, en Beariz; mámoas de Santo Domingo y Portela da Cruz, en Xirazga.

            Mámoas y túmulos, los anteriores, analizados en el estudio “La civilización neo-eneolítica gallega” de López Cuevillas y Bouza Brey, en el cual se puede leer : “...la solución de continuidad entre aquellos grupos centrales (de mámoas) y los de las Rías Bajas se llena en cierto modo con los que existen en el partido de A Estrada, emplazados en el llamado Campo das Tombas y en Matalobos, que se prolongan por Forcarei, por los lugares de Aciveiro, Monte Olleiros, Porto Fieiro y Campo da Serra, hacia Carballiño”. Bouza Brey es también el autor de un artículo de 1940 en el que analiza las insculturas cruciformes de Presqueiras.

            Paradójicamente, quedan menos restos de la época romana, e incluso aquéllos que quedan no son totalmente atribuibles o íntegramente datables en ese período histórico, por cuanto posteriores añadidos o yuxtaposiciones invalidan una total asignación al mismo. Es éste el caso de los primitivos puentes de Pedre y Parada, en Cerdedo, y el de Ricobanca, en Beariz, sobre los que se construyeron los que perviven en la actualidad, o los vestigios de una vía secundaria en la zona de Meavía. Se hallaron restos de minería romana superficial en los yacimientos denominados Capela do Santo y Xesteira de riba dos Prados (Millerada) y Entrerríos (Dúas Igrexas). Un hallazgo atribuible con toda certeza a la época es el de dos urceolos procedentes de la parroquia de A Madanela, que hoy se pueden contemplar en el Museo de Pontevedra, y en uno de los cuales aparece la inscripción epigráfica “AQUILI / DLT”, que para el lingüista  Eligio Rivas derivaría del latino “aquila” (águila). La toponimia deja ver también esa pervivencia de la Romanización en casos como los de Quintillán (de Quintilianus), Chamosa (de Flamma – llama), Leboso (de Lepus-oris, abundancial de “liebre”), Morgade (del latino Maurus / maurecatus en el Medievo), Cerdedo (de Cerasus, Cerasetum, “cerezo”), o Candán, que provendría de una de las advocaciones del dios Júpiter, Iovi Candamio, en la que el tema oronímico alternante Can-d /Can-t, significa “roca” y derivaría de un étimo ya prerromano. Precisamente en la cumbre del Candán aún se pueden ver los restos de la ermita medieval de San Benito, que según algunos autores, habría sido construida sobre el ara pagana consagrada al dios epónimo. Todas estas hipótesis etimológicas proceden de la obra de Eligio Rivas “Onomástica persoal do Noroeste Hispánico”.    

             Entramos en el Medievo de la mano de los Suevos. La monarquía sueva, y concretamente el rey Teodomiro, es quien, en el Parochiale Suevum (que también pasaría a la historia como Divisio Theodomiri, aunque, según el historiador Pierre David, sería redactado entre los años 572 y 592, es decir, ya en el reinado de su sucesor Miro) establece la distribución geográfica que da lugar a las tradicionales comarcas (a la sazón diócesis). La iglesia medieval mantuvo esas comarcas en su organización territorial con el nombre de arciprestazgos. Uno de ellos supuso el origen de Terra de montes como la comarca que hoy conocemos, y que en el prólogo de esta guía se desarrolla más exhaustivamente. La denominación de la época era Montes meta, sufragánea de la sede de Iria junto con otras tierras como Saliniense (Salnés), Morania (Moraña), Celenos (Caldas), Tabeirolos (Estrada) o Mertia (Merza), y sus habitantes eran conocidos por el nombre de Mettacios. Éstos se dividirían en dos grandes grupos, los montanos, en la parte septentrional, que albergarían en su seno a los pobladores más antiguos, los umianos (vinculados al río Umia), y los pobladores del sur de Montes, bañado por el río de los mil nombres: Laeros, Leros, Lerice... el Lérez, y el Avia. En esta zona meridional existirían ricas minas de metal (precisamente con el “metallum” latino hace conjeturas el autor estradense José Sanmartín como posible origen etimológico del nombre Mettacios). Es muy probable que en ese período tenga lugar, además, la cristianización de la comarca, bajo la extensa férula de Martín Dumiense y la asimilación de las concepciones romano-bizantinas por él aportadas.

            A pesar de que, como nos indica Rodríguez Fraiz, Terra de montes estaba en el siglo VII en poder de las iglesias, de los señores y del rey, no parece enfeudada a ninguna de estas instituciones hasta el año 874, en el que el rey Alfonso III la dona efectivamente a la sede de Iria. Posteriormente, considerando la vulnerabilidad de Iria ante una posible invasión naval (eran frecuentes entonces las incursiones de los normandos y de los piratas sarracenos) la sede se traslada a Compostela, aunque no sería hasta el siglo XII, concretamente en el año 1101, cuando ésta se promocionaría a la categoría arzobispal. Y tampoco Montes pasará a la plena posesión y absoluto señorío hasta ese siglo, a través de las sucesivas donaciones y privilegios otorgados por la reina doña Urraca, entre los años 1112 y 1115, al arzobispo Gelmírez. Será éste quien ordene levantar la Torre-fortaleza del Castro de Montes, de la que hoy sólo se conserva la capilla, y en la que residirían los jueces-merinos, detentadores del poder señorial de la Mitra y de la Corona. En el año 1135, a raíz de la proclamanción del rey “gallego” Alfonso VII como emperador (Adefonsus dei gratia hispaniarum imperator), y merced a sus propias donaciones y privilegios, comienza la construcción del monasterio de Aciveiro, hito de notabilísima trascendencia en la historia de Terra de montes. Parece indudable que, efectivamente, la creación del monasterio se debió a la piedad y munificencia del gran amigo de San Bernardo, el citado emperador Alfonso VII, que había sido criado, educado y coronado rey en Galicia por el arzobispo Gelmírez, bajo la protección del noble magnate don Pedro Fernández de Traba, con quien Gelmírez buscó entendimiento para generar la operación que cristalizaría precisamente con la coronación de Alfonso como rey de Galicia en la catedral de Santiago, y que llevaría al clero y a la nobleza galaica a las más altas cotas de poder de la época.

            No sabemos con certeza si los doce monjes a los que alude la inscripción fundacional de la pared sur del templo acibeirense serían originarios de Claraval o procederían de algún otro monasterio benedictino o cluniacense. También existe discordancia, según los diferentes autores, en la fecha en que Aciveiro pasaría a la orden del Císter. Mientras hay quien postula, como Carro García, esa transición en el año 1170, Torres Balbás la adelanta a 1162 en su obra “Monasterios Cistercienses de Galicia”.

            En el año 1188 tenemos constancia del primer juez-merino de la fortaleza del Castro de Montes. Era éste don Suero Froilaz, nieto de don Pedro Froilaz, de la casa de Traba, constituyendo este hecho otro testimonio del aludido entendimiento entre esta noble casa y Gelmírez, ya que fue el arzobispo quien nombró para el cargo de juez-merino a Suero Froilaz. Nos consta ello por la referencia que se hace en un documento de confirmación a la iglesia de Santiago de los bienes, privilegios y exenciones concedidos por el rey Fernando II, que es expedido en Zamora el 4 de mayo de 1188 por don Alfonso VIII. Existe en torno a este rey una doble confusión: mientras por la historiografía española en general es falsamente computado como Alfonso IX, el historiador local Antonio Rodríguez Fraiz alude a el como Alfonso VII en su obra “Torre-fortaleza do Castro y Jueces-merinos”, cuando este último no podría ser nunca el protagonista de esa firma, puesto que en ese año se cumplían 31 de su muerte, acaecida en 1157.

            A partir de ese momento, el enfrentamiento entre el monasterio de Aciveiro y los jueces-merinos de la Torre va a ser constante en la historia de la comarca, defendiendo cada cual sus privilegios, rentas y foros. Sabemos que en el año 1202, el rey Alfonso VIII exime de toda clase de tributos a los vasallos del monasterio.

            En el siglo siguiente, la disputa entre la alta nobleza gallega partidaria del rey Pedro I por un lado, y el señorío eclesiástico y las casas menores de la nobleza por otro, dieron lugar a continuos episodios de violencia, entre los que cabe resaltar el asesinato, en 1366, del arzobispo de Santiago don Suero Gómez de Toledo. Su asesino, don Fernán Pérez de Deza-Churruchao, protegido por el rey, será refugiado en la Torre-fortaleza del Castro de Montes, donde él mismo desempeñará años más tarde el cargo de juez-merino.

            A lo largo del mismo siglo se originó toda una sucesión de pleitos por la posesión de las torres de Montes y de la Barreira (ésta en el ayuntamiento de A Estrada), entre el arzobispo de Santiago y el conde de Trastámara, don Pedro Enríquez, nieto del rey Alfonso XI. Se falló el primero de los pleitos a favor del arzobispo. Años más tarde, el mismo conde intenta de nuevo arrebatar la torre del Castro al arzobispo Moscoso, con el beneplácito del rey Enrique II, pero el hombre que sucede a Moscoso en la cátedra episcopal, don Juan García Manrique, entabla de nuevo pleito y también éste es resuelto a favor de la diócesis. La porfía de Pedro Enríquez es vencida finalmente en un tercer pleito en Medina del Campo, en los meses de noviembre y diciembre de 1388, en el que los jueces pronuncian: “Alvidriando mandamos, et mandando declaramos el dicho conde nunca aver avido ni aver derecho alguno en la casa fuerte de la Barrera et en la tierra de Tabeirós et en toda la otra tierra de Castro de Montes et en la tierra de montes et en la otra tierra que a la dicha casa de Castro de Montes pertenesce o pertenescer debe en cualquier manera, antes fallamos que son et pertenescen las dichas casas con las dichas tierras et con todas sus pertenencias a la Eglesia de Santiago et a vos el dcho. Arçobispo...”. 

            A mediados del siglo siguiente tiene lugar la “Guerra Irmandiña”. Parece muy probable el año de 1466 por lo que respecta a la destrucción de la Torre-fortaleza del Castro de Montes. Partiría la acción de la Hermandad de Pontevedra. Según Couselo Bouzas, autor de “La Guerra Hermandina”, obra de 1926, después de derrocar la propia fortaleza de la capital, “... la Hermandad  se dirigió a Tanoiro (Tenorio), y derrocó la fortaleza, que era de Perálvarez de Sotomayor; luego se desdobló y una parte marchó a derrocar la de Castro de Montes, de la Iglesia de Santiago; y la otra a Peña-Flor, de Bermúdez de Castro...”. No tenemos, sin embargo, constancia de quienes serían los delegados o alcaldes de Montes que formarían parte de la Hermandad, como tampoco sabemos de los procuradores ni de los cuadrilleros que portarían las “varas de hermandad” (el símbolo externo de su función) en el asalto a la torre-fortaleza. Esta sería reedificada tras el fracaso de la revuelta Irmandiña, pero nunca volvería a reunir las mismas condiciones de habitabilidad, por lo que en los primeros años del siglo XVII, siendo juez-merino don Pedro de las Landeras, y por expresa orden del arzobispo Sanclemente, el maestro cantero acibeirense Xoán de la Fuente comenzaría la construcción de la nueva casa-torre arzobispal en el lugar más céntrico de la comarca, Soutelo, que desde entonces recibe la denominación de Soutelo de Montes. Poseía esa torre vivienda del juez, sala de justicia, archivo, cárcel y campo de la picota, donde eran ajusticiados los reos. Se ubicaba en la entrada de lo que hoy se conoce como Aldea de Riba y, con posterioridad a la abolición de las jurisdicciones especiales, sería utilizada como Casa Consistorial cuando se creó el Concello de Forcarei.

            En los comienzos del siglo XVII, según las memorias del arzobispo don Gerónimo del Hoyo, la población de Montes sería de 4.117 habitantes. A mediados del mismo siglo tendría lugar el más grave de los incendios que afectaron al monasterio de Aciveiro. Domingo Blanco, cocinero del propio cenobio, encendería un fuego que destruiría casi toda el ala oeste, la de la Hospedería.

            En torno a 1697 se reconstruye el primitivo templo de Forcarei, y 90 años después se edificaría el actual.

            Entre 1748 y 1796 se va produciendo el trasvase de la comarca de Montes de la provincia de Santiago a la de Pontevedra.

            En 1797 Montes crece a 11.700 habitantes, es decir, casi triplica la población en el transcurso de los siglos XVII y XVIII.

            Durante la invasión francesa, ya a comienzos de 1809 los vecinos de Montes, armados y capitaneados por el que sería último de los jueces-merinos y primer Alcalde de Forcarei, don Alonso de Soto Cortés y Varela Vahamonde, hostigan a las tropas de Napoleón tras la violencia y el ensañamiento empleados por éstas contra personas y bienes (nuevamente incendian el monasterio de Aciveiro, y de la biblioteca cenobial sólo se salva el denominado Tumbo Grande, llevado al pazo de Hermosende, residencia de don Alonso, donde también da fe de las luchas un sable incautado a los franceses). Por Aciveiro pasa también ese mismo año el celebérrimo guerrillero “Cachamuíña” al frente de un grupo de seiscientos hombres. El invasor se vengará de las incursiones de castigo de los guerrilleros con actos de barbarie contra la población. Entre el 20 y el 30 de abril asesinan a más de doscientos campesinos en el atrio de la iglesia de Forcarei.

            En el año 1811 es nombrado Alcalde de Dúas Igrexas Juan Varela Varela, maestro de cantería. Ese mismo año se liquidan 87 señoríos en Soutelo de Montes, lugar en el que será nombrado Alcalde del Ayuntamiento de Soutelo-Pardesoa Manuel Seara, de 1816 a 1820. Los dos ayuntamientos, Dúas Igrexas y Soutelo-Pardesoa, se refundirían en el año 1833, dando origen al actual de Forcarei. En 1835, con las leyes de Mendizábal, comienza la desamortización de los bienes y, por consiguiente, la lenta agonía del monasterio de Aciveiro.

            La repercusión de las Guerras Carlistas del XIX no fue muy elevada, excepción hecha de algunas incursiones de Guillade por tierras de Soutelo, Pardesoa y Presqueiras, o del famoso Moreno, apresado personalmente por el Alcalde de Beariz, así como una actitud favorable a la revolución por parte de Cerdedo y Forcarei en el levantamiento de Solís y Faraldo, en 1846, que duraría apenas 10 días del mes de abril y que tendría como protagonistas al comandante revolucionario Benito Couto y al brigadier Rubín. En la tercera Guerra Carlista hubo una exigua participación en la facción constituida en Silleda por Joaquín Redondo, que contó con la colaboración de algunos estudiantes y clérigos, entre los que se encontraba el abad de Aciveiro.

            En el siglo XX, es preciso destacar la actividad social de Alfredo Iglesias Álvarez, natural de Presqueiras, que ya en el año 1901 funda la “Sociedad Agraria y Ganadera” de Montes, pionera en la provincia de Pontevedra del asociacionismo y de la lucha obrera. En 1913 esta sociedad, representante de Forcarei y Cerdedo, se federa con las de A Estrada y Silleda, y en 1917 el propio Alfredo Iglesias sería artífice de la creación de una nueva “Sociedad de Obreros y Campesinos de Presqueiras”. El órgano activo de divulgación de estas primeras sociedades era el diario “Acción Social”, que sería silenciado posteriormente por la censura durante la dictadura del general Primo de Rivera. Esta publicación, junto con “Umia y Lérez” y más tarde “Alborear”, revista quincenal literaria e independiente promovida por el pintor Virxilio Blanco y el maestro Caldera Manzano, dan idea de la movilidad social y cultural de Montes en el primer tercio del siglo.

            Alfredo Iglesias, al igual que el silledense diputado en cortes Alonso Ríos, el célebre “Siñor Afranio” que se escondía en Forcarei, serían perseguidos en nuestra tierra por los falangistas en los años de la Guerra Civil. Por el otro bando, el asesinato del maestro y falangista José Couceiro y su esposa en el año 1949, en Soutelo de Montes, atribuido a la banda de Foucellas, pone el contrapunto trágico al enfrentamiento fratricida en Montes en la primera mitad de siglo.

            En 1955 el ayuntamiento de Beariz, que ya había dejado de pertenecer a la comarca en el plano administrativo y político, resulta también segregado del arciprestazgo de Montes por decisión personal del cardenal Quiroga Palacios, con lo que se quiebra definitivamente la unidad comarcal, aunque los lazos que unen a los tres ayuntamientos de Montes siguen existiendo por encima incluso de la división provincial, lo que nos da la medida de la fuerte personalidad e implantación que la comarca tradicional, aquella Montes meta sueva, sigue teniendo.

 

 

 

 

 

 

 

 


Murallas del Castro de Loureiro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Inscultura acutiforme en Presqueiras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vista interior del monasterio de Aciveiro, 

antes de su rehabilitación 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puente románico de Parada (Cerdedo)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Emigrantes de Beariz en los años 20

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inscripción fundacional de Aciveiro (1135)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Laguna Sacra, en Meavía (Forcarei)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Labores agrícolas (malla) en Forcarei

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Campanario de Beariz, obra de Cerviño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puente románico de Pedre (Cerdedo)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vista de la aldea de Filgueira, en Cerdedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Antigua casa Consistorial de Forcarei

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Vieja escuela, hoy desaparecida, de Forcarei

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Antigua plaza de la iglesia, de Forcarei

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sendero rural en Serrapio (Cerdedo)

 

 

 

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