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UN POCO DE HISTORIA, UN
POCO DE LEYENDA
De la huella de prehistóricos pobladores hablan en Terra de
montes los cientos de mámoas, castros y petroglifos o insculturas
rupestres, en su mayor parte por catalogar. Podemos citar los castros de
Loureiro, Dúas Igrexas, con antecastro bien definido; el de Rodeiras de
Garellas y el de Mouteira de Fixó, en Millerada; los de Filloi y Muras,
en Pereira; el de Montes, en Presqueiras, sobre el cual levantaría
posteriormente Gelmírez la Torre-fortaleza llamada del Castro; el de
Sanguñedo, en Madanela, donde fueron halladas hachas pulimentadas; los
de Quireza, Castrodiz y Vilariño, éstos en Cerdedo, y los de Magros y
Garfián, en Beariz. Todos ellos se encuentran hoy ocultos por la
vegetación, pero pueden contarse entre los mejor conservados de
Galicia.
De estos castros de Montes encontramos una curiosa referencia en
la “Historia de Galicia”
de Benito Vicetto, del año 1865, donde el autor acude al historiador
Sobreira en una cita que dice: “...he llegado a sospechar otro género de orden, que es como un orden
circular alrededor de una comarca. A las faldas de la tierra de Soutelo
de Montes, veo que forman círculo los castros de Escuadro, Moalde,
Castro, Vite, Oca, Ancorados, el dicho Olivez, y últimamente el castro
de Godoy que también forma línea, con los castros que cubren el camino
de Soutelo de Montes a la Estrada y a Sanlés (Salnés);
de manera que todos dichos castros forman círculo, y el de Godoy que
está en Ribela, sobre el río y lugar de Godoy, cierra o termina el
dicho círculo, y forma una sección continuada por el dicho camino de
la Estrada”. Finaliza Vicetto la cita aludiendo a que “Debemos
advertir aquí que el país al que se refiere Sobreira es uno de aquéllos
en que las memorias célticas están más vivas y son muy abundantes”.
Una de las memorias o leyendas que aún permanecen en el acervo
folclórico de la comarca es la de la maldición de la sangre, hermosa
como pocas, y que relata el establecimiento de las primeras poblaciones
en Montes. Narra que, establecidos los pobladores de los castros en las
Rías Baixas, comenzaron también a colonizar tierras hacia el interior.
A la sazón, se estaban originando enfrentamientos entre los habitantes
de los distintos castros, en los que se producían robos de ganado y
raptos de mujeres. En un determinado momento comenzaron a existir
problemas debido a que algunas mujeres, después de haber tenido un
primer hijo sin trabas, presentaban anomalías en el segundo parto,
muriendo el hijo o naciendo con notables taras físicas. En aquel tiempo
en que la superstición estaba por encima de los conocimientos “médicos”,
los pobladores de los castros no encontraron mejor solución para evitar
esta plaga que el destierro de las mujeres “hechizadas” y de su
prole, aprovechando la ocasión para expulsar también de la comunidad a
los hombres más conflictivos. Y precisamente el destino de este grupo
de proscritos fue la tierra de los montes, donde, pensaban los
“ortodoxos”, la ruda naturaleza acabaría con ellos. Pero he aquí
que la tierra, más compresiva que los hombres, no sólo no acabó con
ellos, sino que les brindó la abundante pesca de sus ríos y la caza de
sus montes, convirtiéndolos en una próspera comunidad que más tarde
descubriría también el recóndito tesoro de las minas de metal que
abundan en la tierra de los montes. De este modo, lo que había nacido
como una maldición, acabó por convertirse en una vida no ausente de
penalidades, pero también venturosa y fértil, superando todas las
contrariedades iniciales. Siendo conscientes de la tara que los había
obligado a abandonar sus primeras moradas y para evitar problemas con la
descendencia, estas nuevas comunidades montesas vetaron, en una especie
de “endogamia terapéutica”, los emparejamientos con habitantes de
otros lugares, y siempre que no se respetó esa prohibición – según
la leyenda – el segundo hijo no llegaba a nacer o lo hacía con
defectos, manifestándose así la vigencia de aquella “maldición”.
Aquí finalizaría la leyenda, pero enlazaría con la realidad de una
manera curiosa. Parece ser que aún en la actual Terra de montes hay
prevalencia, sobre otras zonas, de habitantes con sangre RH negativo, y
la ciencia actual nos dice que una mujer con RH negativo casada con un
varón de RH positivo, puede tener sin dificultades su primer hijo, pero
si éste tiene el mismo factor sanguíneo que el padre, generaría
anticuerpos en la sangre materna que más tarde impedirían el
desarrollo normal de un segundo hijo con RH positivo. Los pobladores de
los castros no lo sabían, lógicamente, y lo que para ellos había
nacido como una maldición, se convirtió en una manera de vivir
especial y muy vinculada a la naturaleza. Pocas veces coincide la
leyenda con la probabilidad científica de modo tan patente como en este
caso.
Otra leyenda salida de los castros es la de la Loureiriña, una
hermosa ninfa rubia que bajó del castro de Loureiro para ir a
contemplarse en las cristalinas aguas del Lérez, a su paso por Ponte do
Crego. Hechizada por la belleza de la extensa y frondosa robleda por la
que suavemente discurre el río, la rubia Loureiriña se durmió plácidamente,
para despertar de tiempo en tiempo y aparecérseles a los caminates. Un
día de San Juan, un gallardo mozo habló con la Loureiriña, y ésta lo
condujo hasta una cueva colmada de oro, que tenía la puerta a flor del
agua. Allí había llaves de oro, vasijas, cucharas, tazas y platos,
todos de oro. Incluso una gallina de oro que ponía huevos de oro; pero
también le relató al mozo que tenía en su dorado hogar una entrada con
una viga de alquitrán que quemaría a quien osase aproximarse a tal tesoro
si la Loureiriña quisiera. Leyenda similar a la de la olla enterrada
con monedas de oro que el cineasta forcaricense Chano Piñeiro incluiría
en su inmortal “Sempre Xonxa”.
Leyendas, crónicas e hipótesis históricas se mezclan sobre un
período, el de la cultura castreña, que no parece nada claro y del que
sabemos, sin tener una definición cronológica exacta, que dio comienzo
tras el desenlace de la Edad del Bronce. Comúnmente se vinculan los
castros a la civilización céltica. No sólo los profanos preguntan por
los castros celtas, sino que historiadores como Verea y Aguiar, Martínez
Padín o Benito Vicetto defienden la tesis del celtismo histórico,
mientras autores como Pondal y Murguía, que apuntaba: “La
preponderancia de la raza celta en Galicia es un hecho evidente: de ahí
que la poesía y el arte sean dulces, tristes y melancólicos”,
crearon el celtismo literario. Curiosamente, para todos estos autores,
como deja reflejado Francisco Calo Lourido en su capítulo sobre
Prehistoria y Edad Antigua de la “Historia
Xeral de Galicia”, eran celtas también las mámoas y todo cuanto
resto “antiguo” no susceptible de encuadrar en un período histórico,
encontraban por el territorio. Para Calo Lourido, como para otros
autores, la palabra celta no designa ni a un pueblo ni a una etnia, sino
a una lengua o a una familia lingüística, mientras que los pobladores
de los castros eran ágrafos: no podemos conocer, por lo tanto, que tipo
de lengua tenían, y asegurar entonces que eran celtas. No obstante,
versiones más románticas, idealistas o legendarias atraen más por su
originalidad, didactismo o misterio a la hora de ser escuchadas. El
pueblo gallego ha tenido siempre una fértil imaginación para buscar
sus orígenes, y donde la “historia” dice que los habitantes de los
castros sometieron a los pobladores precedentes – los constructores de
megalitos -, nunca faltará quien diga que los celtas (o saefes, hombres
– serpiente, así conocidos por su culto ofiolátrico) sometieron a
los oestrimnios. Son distintas maneras de referirnos a la misma
realidad, mezclando leyendas, datos y crónicas.
Precisamente a propósito de los constructores de megalitos, los
hombre que poblaron estas tierras aproximadamente desde el cuarto al
segundo milenio antes de Cristo, también parece haber indicios de que
existían cuadrillas ambulantes de canteros dedicados a levantar los
monumentos, cuadrillas de grandes especialistas del trabajo de la
piedra, cualidad que podrían haber heredado los pobladores de los
castros. Incluso podríamos hablar de alguna escuela local o maestro que
expandiría determinados modos de construir los monumentos megalíticos.
Es hasta cierto punto posible, pues, que la fama de los canteros de
Terra de montes tenga sus raíces en ese período. El profesor Fernando
Cabeza Quiles, experto en toponimia, apunta que el vocablo “medorra”
(una de las variantes del término “mámoa”) procedería de la voz
latina “meta” (elemento más o menos cónico). Si tenemos en cuenta,
por otro lado, que Terra de montes fue, en la época sueva, la “Montes
meta” perteneciente a la sede de Iria, en la que habitaba el
pueblo de los Mettacios, no estaría fuera de lugar conjeturar algún
tipo de relación entre esos canteros – constructores de megalitos –
y la denominación posterior, a la que se aludía, de época sueva, como
tierra ya de buenos canteros. De lo que no cabe duda es de la febril
actividad de tales artesanos, puesto que en Terra de montes existen
cientos de emplazamientos en los que se ubican grupos de mámoas o túmulos,
entre los que destacan el Campo das Mámoas, situado en la feligresía
forcaricense de Castrelo, que Fray Martín Sarmiento cita como “Monte
das sete mámoas” en su obra “Colección
de voces y frases gallegas”, de mediados del siglo XVIII; la mámoa
de Boimorto, en Meavía; el grupo Outeiro da Vella y la mámoa do Mouro
Negro, ambas en Pereira; mámoas da Serra y mámoa do Carrascal, en
Madanela; Pena da Cruz y Coto da Mámoa, en Millerada; Os Olleiros y
Porto Fieiro, en Aciveiro; Penide, en Dúas Igrexas; Mamoalba, en
Cerdedo; mámoas de Os Liñares y As Ventelas, en Lebozán; mámoas de
Garfián, en Beariz; mámoas de Santo Domingo y Portela da Cruz, en
Xirazga.
Mámoas y túmulos, los anteriores, analizados en el estudio “La civilización neo-eneolítica gallega” de López Cuevillas y
Bouza Brey, en el cual se puede leer : “...la
solución de continuidad entre aquellos grupos centrales (de mámoas) y los de las Rías Bajas se llena
en cierto modo con los que existen en el partido de A Estrada, emplazados en el
llamado Campo das Tombas y en Matalobos, que se prolongan por Forcarei,
por los lugares de Aciveiro, Monte Olleiros, Porto Fieiro y Campo da
Serra, hacia Carballiño”. Bouza Brey es también el autor de
un artículo de 1940 en el que analiza las insculturas cruciformes de
Presqueiras.
Paradójicamente, quedan menos restos de la época romana, e
incluso aquéllos que quedan no son totalmente atribuibles o íntegramente
datables en ese período histórico, por cuanto posteriores añadidos o
yuxtaposiciones invalidan una total asignación al mismo. Es éste el
caso de los primitivos puentes de Pedre y Parada, en Cerdedo, y el de
Ricobanca, en Beariz, sobre los que se construyeron los que perviven en
la actualidad, o los vestigios de una vía secundaria en la zona de Meavía.
Se hallaron restos de minería romana superficial en los yacimientos
denominados Capela do Santo y Xesteira de riba dos Prados (Millerada) y
Entrerríos (Dúas Igrexas). Un hallazgo atribuible con toda certeza a
la época es el de dos urceolos procedentes de la parroquia de A
Madanela, que hoy se pueden contemplar en el Museo de Pontevedra, y en
uno de los cuales aparece la inscripción epigráfica “AQUILI / DLT”,
que para el lingüista Eligio
Rivas derivaría del latino “aquila” (águila). La toponimia deja
ver también esa pervivencia de la Romanización en casos como los de
Quintillán (de Quintilianus), Chamosa (de Flamma – llama), Leboso (de
Lepus-oris, abundancial de “liebre”), Morgade (del latino Maurus /
maurecatus en el Medievo), Cerdedo (de Cerasus, Cerasetum,
“cerezo”), o Candán, que provendría de una de las advocaciones del
dios Júpiter, Iovi Candamio, en la que el tema oronímico alternante
Can-d /Can-t, significa “roca” y derivaría de un étimo ya
prerromano. Precisamente en la cumbre del Candán aún se pueden ver los
restos de la ermita medieval de San Benito, que según algunos autores,
habría sido construida sobre el ara pagana consagrada al dios epónimo.
Todas estas hipótesis etimológicas proceden de la obra de Eligio Rivas
“Onomástica persoal do
Noroeste Hispánico”.
Entramos
en el Medievo de la mano de los Suevos. La monarquía sueva, y
concretamente el rey Teodomiro, es quien, en el Parochiale Suevum (que
también pasaría a la historia como Divisio Theodomiri, aunque, según
el historiador Pierre David, sería redactado entre los años 572 y 592,
es decir, ya en el reinado de su sucesor Miro) establece la distribución
geográfica que da lugar a las tradicionales comarcas (a la sazón diócesis).
La iglesia medieval mantuvo esas comarcas en su organización
territorial con el nombre de arciprestazgos. Uno de ellos supuso el
origen de Terra de montes como la comarca que hoy conocemos, y que en el
prólogo de esta guía se desarrolla más exhaustivamente. La denominación
de la época era Montes meta, sufragánea de la sede de Iria junto con
otras tierras como Saliniense (Salnés), Morania (Moraña), Celenos
(Caldas), Tabeirolos (Estrada) o Mertia (Merza), y sus habitantes eran
conocidos por el nombre de Mettacios. Éstos se dividirían en dos
grandes grupos, los montanos, en la parte septentrional, que albergarían
en su seno a los pobladores más antiguos, los umianos (vinculados al río
Umia), y los pobladores del sur de Montes, bañado por el río de los
mil nombres: Laeros, Leros, Lerice... el Lérez, y el Avia. En esta zona
meridional existirían ricas minas de metal (precisamente con el
“metallum” latino hace conjeturas el autor estradense José Sanmartín
como posible origen etimológico del nombre Mettacios). Es muy probable
que en ese período tenga lugar, además, la cristianización de la
comarca, bajo la extensa férula de Martín Dumiense y la asimilación
de las concepciones romano-bizantinas por él aportadas.
A pesar de que, como nos indica Rodríguez Fraiz, Terra de montes
estaba en el siglo VII en poder de las iglesias, de los señores y del
rey, no parece enfeudada a ninguna de estas instituciones hasta el año
874, en el que el rey Alfonso III la dona efectivamente a la sede de
Iria. Posteriormente, considerando la vulnerabilidad de Iria ante una
posible invasión naval (eran frecuentes entonces las incursiones de los
normandos y de los piratas sarracenos) la sede se traslada a Compostela,
aunque no sería hasta el siglo XII, concretamente en el año 1101,
cuando ésta se promocionaría a la categoría arzobispal. Y tampoco
Montes pasará a la plena posesión y absoluto señorío hasta ese
siglo, a través de las sucesivas donaciones y privilegios otorgados por
la reina doña Urraca, entre los años 1112 y 1115, al arzobispo Gelmírez.
Será éste quien ordene levantar la Torre-fortaleza del Castro de
Montes, de la que hoy sólo se conserva la capilla, y en la que residirían
los jueces-merinos, detentadores del poder señorial de la Mitra y de la
Corona. En el año 1135, a raíz de la proclamanción del rey
“gallego” Alfonso VII como emperador (Adefonsus dei gratia
hispaniarum imperator), y merced a sus propias donaciones y privilegios,
comienza la construcción del monasterio de Aciveiro, hito de notabilísima
trascendencia en la historia de Terra de montes. Parece indudable que,
efectivamente, la creación del monasterio se debió a la piedad y
munificencia del gran amigo de San Bernardo, el citado emperador Alfonso
VII, que había sido criado, educado y coronado rey en Galicia por el
arzobispo Gelmírez, bajo la protección del noble magnate don Pedro
Fernández de Traba, con quien Gelmírez buscó entendimiento para
generar la operación que cristalizaría precisamente con la coronación
de Alfonso como rey de Galicia en la catedral de Santiago, y que llevaría
al clero y a la nobleza galaica a las más altas cotas de poder de la época.
No sabemos con certeza si los doce monjes a los que alude la
inscripción fundacional de la pared sur del templo acibeirense serían
originarios de Claraval o procederían de algún otro monasterio
benedictino o cluniacense. También existe discordancia, según los
diferentes autores, en la fecha en que Aciveiro pasaría a la orden del
Císter. Mientras hay quien postula, como Carro García, esa transición
en el año 1170, Torres Balbás la adelanta a 1162 en su obra “Monasterios
Cistercienses de Galicia”.
En el año 1188 tenemos constancia del primer juez-merino de la
fortaleza del Castro de Montes. Era éste don Suero Froilaz, nieto de
don Pedro Froilaz, de la casa de Traba, constituyendo este hecho otro
testimonio del aludido entendimiento entre esta noble casa y Gelmírez,
ya que fue el arzobispo quien nombró para el cargo de juez-merino a
Suero Froilaz. Nos consta ello por la referencia que se hace en un
documento de confirmación a la iglesia de Santiago de los bienes,
privilegios y exenciones concedidos por el rey Fernando II, que es
expedido en Zamora el 4 de mayo de 1188 por don Alfonso VIII. Existe en
torno a este rey una doble confusión: mientras por la historiografía
española en general es falsamente computado como Alfonso IX, el
historiador local Antonio Rodríguez Fraiz alude a el como Alfonso VII
en su obra “Torre-fortaleza do
Castro y Jueces-merinos”, cuando este último no podría ser nunca
el protagonista de esa firma, puesto que en ese año se cumplían 31 de
su muerte, acaecida en 1157.
A partir de ese momento, el enfrentamiento entre el monasterio de
Aciveiro y los jueces-merinos de la Torre va a ser constante en la
historia de la comarca, defendiendo cada cual sus privilegios, rentas y
foros. Sabemos que en el año 1202, el rey Alfonso VIII exime de toda
clase de tributos a los vasallos del monasterio.
En el siglo siguiente, la disputa entre la alta nobleza gallega
partidaria del rey Pedro I por un lado, y el señorío eclesiástico y
las casas menores de la nobleza por otro, dieron lugar a continuos
episodios de violencia, entre los que cabe resaltar el asesinato, en
1366, del arzobispo de Santiago don Suero Gómez de Toledo. Su asesino,
don Fernán Pérez de Deza-Churruchao, protegido por el rey, será
refugiado en la Torre-fortaleza del Castro de Montes, donde él mismo
desempeñará años más tarde el cargo de juez-merino.
A lo largo del mismo siglo se originó toda una sucesión de
pleitos por la posesión de las torres de Montes y de la Barreira (ésta
en el ayuntamiento de A Estrada), entre el arzobispo de Santiago y el
conde de Trastámara, don Pedro Enríquez, nieto del rey Alfonso XI. Se
falló el primero de los pleitos a favor del arzobispo. Años más
tarde, el mismo conde intenta de nuevo arrebatar la torre del Castro al
arzobispo Moscoso, con el beneplácito del rey Enrique II, pero el
hombre que sucede a Moscoso en la cátedra episcopal, don Juan García
Manrique, entabla de nuevo pleito y también éste es resuelto a favor
de la diócesis. La porfía de Pedro Enríquez es vencida finalmente en
un tercer pleito en Medina del Campo, en los meses de noviembre y
diciembre de 1388, en el que los jueces pronuncian: “Alvidriando
mandamos, et mandando declaramos el dicho conde nunca aver avido ni aver
derecho alguno en la casa fuerte de la Barrera et en la tierra de Tabeirós
et en toda la otra tierra de Castro de Montes et en la tierra de montes
et en la otra tierra que a la dicha casa de Castro de Montes pertenesce
o pertenescer debe en cualquier manera, antes fallamos que son et
pertenescen las dichas casas con las dichas tierras et con todas sus
pertenencias a la Eglesia de Santiago et a vos el dcho. Arçobispo...”.
A mediados del siglo siguiente tiene lugar la “Guerra Irmandiña”.
Parece muy probable el año de 1466 por lo que respecta a la destrucción
de la Torre-fortaleza del Castro de Montes. Partiría la acción de la
Hermandad de Pontevedra. Según Couselo Bouzas, autor de “La Guerra Hermandina”, obra de 1926, después de derrocar la
propia fortaleza de la capital, “...
la Hermandad se dirigió a Tanoiro (Tenorio), y derrocó la fortaleza, que
era de Perálvarez de Sotomayor; luego se desdobló y una parte marchó
a derrocar la de Castro de Montes, de la Iglesia de Santiago; y la otra
a Peña-Flor, de Bermúdez de Castro...”. No tenemos, sin
embargo, constancia de quienes serían los delegados o alcaldes de
Montes que formarían parte de la Hermandad, como tampoco sabemos de los
procuradores ni de los cuadrilleros que portarían las “varas de
hermandad” (el símbolo externo de su función) en el asalto a la
torre-fortaleza. Esta sería reedificada tras el fracaso de la revuelta
Irmandiña, pero nunca volvería a reunir las mismas condiciones de
habitabilidad, por lo que en los primeros años del siglo XVII, siendo
juez-merino don Pedro de las Landeras, y por expresa orden del arzobispo
Sanclemente, el maestro cantero acibeirense Xoán de la Fuente comenzaría
la construcción de la nueva casa-torre arzobispal en el lugar más céntrico
de la comarca, Soutelo, que desde entonces recibe la denominación de
Soutelo de Montes. Poseía esa torre vivienda del juez, sala de
justicia, archivo, cárcel y campo de la picota, donde eran ajusticiados
los reos. Se ubicaba en la entrada de lo que hoy se conoce como Aldea de
Riba y, con posterioridad a la abolición de las jurisdicciones
especiales, sería utilizada como Casa Consistorial cuando se creó el
Concello de Forcarei.
En los comienzos del siglo XVII, según las memorias del
arzobispo don Gerónimo del Hoyo, la población de Montes sería de
4.117 habitantes. A mediados del mismo siglo tendría lugar el más
grave de los incendios que afectaron al monasterio de Aciveiro. Domingo
Blanco, cocinero del propio cenobio, encendería un fuego que destruiría
casi toda el ala oeste, la de la Hospedería.
En torno a 1697 se reconstruye el primitivo templo de Forcarei, y
90 años después se edificaría el actual.
Entre 1748 y 1796 se va produciendo el trasvase de la comarca de
Montes de la provincia de Santiago a la de Pontevedra.
En 1797 Montes crece a 11.700 habitantes, es decir, casi triplica
la población en el transcurso de los siglos XVII y XVIII.
Durante la invasión francesa, ya a comienzos de 1809 los vecinos
de Montes, armados y capitaneados por el que sería último de los
jueces-merinos y primer Alcalde de Forcarei, don Alonso de Soto Cortés
y Varela Vahamonde, hostigan a las tropas de Napoleón tras la violencia
y el ensañamiento empleados por éstas contra personas y bienes
(nuevamente incendian el monasterio de Aciveiro, y de la biblioteca
cenobial sólo se salva el denominado Tumbo Grande, llevado al pazo de
Hermosende, residencia de don Alonso, donde también da fe de las luchas
un sable incautado a los franceses). Por Aciveiro pasa también ese
mismo año el celebérrimo guerrillero “Cachamuíña” al frente de
un grupo de seiscientos hombres. El invasor se vengará de las
incursiones de castigo de los guerrilleros con actos de barbarie contra
la población. Entre el 20 y el 30 de abril asesinan a más de
doscientos campesinos en el atrio de la iglesia de Forcarei.
En el año 1811 es nombrado Alcalde de Dúas Igrexas Juan Varela
Varela, maestro de cantería. Ese mismo año se liquidan 87 señoríos
en Soutelo de Montes, lugar en el que será nombrado Alcalde del
Ayuntamiento de Soutelo-Pardesoa Manuel Seara, de 1816 a 1820. Los dos
ayuntamientos, Dúas Igrexas y Soutelo-Pardesoa, se refundirían en el año
1833, dando origen al actual de Forcarei. En 1835, con las leyes de
Mendizábal, comienza la desamortización de los bienes y, por
consiguiente, la lenta agonía del monasterio de Aciveiro.
La repercusión de las Guerras Carlistas del XIX no fue muy
elevada, excepción hecha de algunas incursiones de Guillade por tierras
de Soutelo, Pardesoa y Presqueiras, o del famoso Moreno, apresado
personalmente por el Alcalde de Beariz, así como una actitud favorable
a la revolución por parte de Cerdedo y Forcarei en el levantamiento de
Solís y Faraldo, en 1846, que duraría apenas 10 días del mes de abril
y que tendría como protagonistas al comandante revolucionario Benito
Couto y al brigadier Rubín. En la tercera Guerra Carlista hubo una
exigua participación en la facción constituida en Silleda por Joaquín
Redondo, que contó con la colaboración de algunos estudiantes y clérigos,
entre los que se encontraba el abad de Aciveiro.
En el siglo XX, es preciso destacar la actividad social de
Alfredo Iglesias Álvarez, natural de Presqueiras, que ya en el año
1901 funda la “Sociedad Agraria y Ganadera” de Montes, pionera en la
provincia de Pontevedra del asociacionismo y de la lucha obrera. En 1913
esta sociedad, representante de Forcarei y Cerdedo, se federa con las de
A Estrada y Silleda, y en 1917 el propio Alfredo Iglesias sería artífice
de la creación de una nueva “Sociedad de Obreros y Campesinos de
Presqueiras”. El órgano activo de divulgación de estas primeras
sociedades era el diario “Acción
Social”, que sería
silenciado posteriormente por la censura durante la dictadura del
general Primo de Rivera. Esta publicación, junto con “Umia
y Lérez” y más tarde “Alborear”,
revista quincenal literaria e independiente promovida por el pintor
Virxilio Blanco y el maestro Caldera Manzano, dan idea de la movilidad
social y cultural de Montes en el primer tercio del siglo.
Alfredo Iglesias, al igual que el silledense diputado en cortes
Alonso Ríos, el célebre “Siñor Afranio” que se escondía en
Forcarei, serían perseguidos en nuestra tierra por los falangistas en
los años de la Guerra Civil. Por el otro bando, el asesinato del
maestro y falangista José Couceiro y su esposa en el año 1949, en
Soutelo de Montes, atribuido a la banda de Foucellas, pone el
contrapunto trágico al enfrentamiento fratricida en Montes en la
primera mitad de siglo.
En 1955 el ayuntamiento de Beariz, que ya había dejado de
pertenecer a la comarca en el plano administrativo y político, resulta
también segregado del arciprestazgo de Montes por decisión personal
del cardenal Quiroga Palacios, con lo que se quiebra definitivamente la
unidad comarcal, aunque los lazos que unen a los tres ayuntamientos de
Montes siguen existiendo por encima incluso de la división provincial,
lo que nos da la medida de la fuerte personalidad e implantación que la
comarca tradicional, aquella Montes meta sueva, sigue teniendo.
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Murallas del Castro de Loureiro

Inscultura
acutiforme en Presqueiras

Vista
interior del monasterio de Aciveiro,
antes
de su rehabilitación

Puente
románico de Parada (Cerdedo)

Emigrantes
de Beariz en los años 20

Inscripción
fundacional de Aciveiro (1135)

Laguna
Sacra, en Meavía (Forcarei)

Labores
agrícolas (malla) en Forcarei 
Campanario
de Beariz, obra de Cerviño 
Puente
románico de Pedre (Cerdedo)
Vista
de la aldea de Filgueira, en Cerdedo

Antigua
casa Consistorial de Forcarei 
Vieja
escuela, hoy desaparecida, de Forcarei 
Antigua
plaza de la iglesia, de Forcarei
Sendero
rural en Serrapio (Cerdedo) |